02 septiembre, 2013

Como un tonto.

Tras un fin de semana con gripe, hay cosas que dejas de lado y hay otras que aparecen en mi mente. Dejando de lado aquellas cosas que he dejado de lado, lo que más aparece justo ahora es un pequeño número de eventos que sucedieron en el pasado que me hicieron sentir como la pura mierda. Da igual, puede que tengan repercusiones en el presente y lo mas probable es que hayan quedado olvidados y sinsentido aquellos momentos, como aquel día cuando entré accidentalmente al baño de damas en la escuela. Lo que quiero recalcar es que esas memorias aún siguen ahí y sólo están para patearme el trasero de vez en cuando, figurativamente.
Recuerdo aquella vez que estaba en la preparatoria y tenía que reunir con mi grupo algunos productos de acopio porque había un huracán o algo así. Cuando recuerdo a mi grupo de la preparatoria pienso en personas agradables, en risas y en bromas, pero a veces trato de no pensar demasiado en mis compañeros, pues entonces comienzo a recordar las cosas oscuras. Aquel día fue un día oscuro para mí.
Una de las cosas contra las que tuve que luchar, pues era el jefe de grupo (nunca entendí por qué), fue la total desorganización del grupo para llevar a cabo cosas. Era como pelear contra cincuenta puntos de vista totalmente diferentes, con cincuenta cabezas que te parecían las personas más agradables del mundo si estaban por separado o en pequeños grupos, y recuerdo el caos total que surgió debido a que no nos poníamos de acuerdo para ver qué haríamos con respecto a lo que nos correspondía entregar. Luego de miles de discusiones (muchas de las cuales no tenían que ver con el tema), decidimos que se compraría jabón en polvo con la cooperación del grupo. Solamente no se había definido un detalle: ¿quién compraría el jabón?
Algo que me desespera de mí mismo es mi actitud ante ciertas situaciones: si tengo que hacer algo yo, lo dejaré para último minuto --por ejemplo, no he comenzado ninguna de las tareas que tengo que entregar dentro de las próximas trece horas--; si es poco importante, lo haré de inmediato; si tengo que darle un cargo a alguien, lo haré yo mismo para no molestar a otros. En pocas palabras, fui a comprar el jabón en soledad.
Luego de ajustar a duras penas el dinero, me embarqué saliendo de clases a conseguir el jabón. La tienda en la que tenía que comprarlo presuntamente estaba hasta lo que pareció el otro lado de la ciudad y estaba cansado, con hambre, desesperado y con cada centavo contado (tanto para el jabón como para mis medios de transporte), por lo que tuve que cuidar todo con precaución y cuidado, pero también tenía que ser muy rápido porque cerrarían la oficina de la escuela en menos de una hora.
Llegué a la tienda, rápidamente compré el dichoso jabón y me aventuré a cruzar el centro de la ciudad con aquellas bolsas de jabón en polvo barato. Utilizaba mis pocas reservas de fuerza para cargar lo que parecían dos toneladas en bolsas de plástico baratas. Una de ellas amenazaba romperse, así que tuve que maniobrar las dos bolsas en mis brazos y recordar que también llevaba cargando una pesada mochila que contenía mis libros y útiles, los cuales le añadían otro par de toneladas al peso total que sentía.
Estaba sucio, cansado y habriento, mirando a la gente que pasaba por la plaza, viéndome como si fuera un viejito a punto de caerse a la mitad de la calle y ser aplastado por un camión de carga. Me sentí humillado por alguna extraña razón y el único lugar donde quería estar era mi casa. Es irónico cómo a veces siento que mi casa es un calabozo que me reprime y me sofoca, pero en esos momentos no pensé en algún otro lugar.
De alguna manera, logré llegar hasta la parada de los camiones y tomé una combi, la primera que pasó que se dirigía hacia la escuela. Me acomodé en un asiento con las bolsas a mis pies y al darme cuenta de que había perdido mi celular quise llorar. Había sido hasta el momento el peor día de mi vida como estudiante de preparatoria, pues no sólo era este relato lo que me abrumaba, era la exhorbitada carga de tareas que tenía en el momento, problemas en mi casa, un mal día en la escuela por ciertas razones escolásticas y todavía tenía que entregar ese maldito jabón en la escuela. Odié con toda mi alma a ese jabón durante todo el camino y creo que los demás pasajeros notaron ese odio cuando intenté patear una de las bolsas con los ojos llorosos. Desgraciadamente era una de esas combis donde los asientos están situados alrededor de las paredes del vehículo, léase: todos estaban de frente a mí y vieron el penoso espectáculo.
Como pude, logré llegar a la escuela con ganas de esparcir el jabón por la calle en un acto poético de maldad, pero ese sentimiento desapareció cuando vi las oficinas cerradas. Miré en mi reloj y aún faltaban treinta minutos para la hora en la que se supone que cerraban tal departamento, pero en la puerta estaba colgado un letrero que leía "CERRADO", así en letras mayúsculas. Ya no quería tirar el jabón por los suelos, menos quería llorar. Quería gritar de enojo y maldecir al mundo, pero estaba agotado como para hacerlo.
Tomé cuidadosamente las bolsas y me dirigí hacia la casa de una tía que vive a un par de cuadras de la escuela, donde dejé las bolsas para recogerlas al día siguiente. Sólo me quedaba ya regresar a mi casa y pensar un plan para que mis papás no se enojaran cuando se enteraran de que mi celular había decidido desaparecer de repente, y todo eso lo hice manteniendo una expresión que demostraba mi falta de aprecio hacia la humanidad combinada con aquella que gritaba "me siento muy cansado como para discutir contigo, mundo".
Al día siguiente, tras comer, dormir y hacer mis tareas, todo se había disipado un poco, sobre todo los pensamientos agresivos. Recogí rápidamente el jabón de la casa de mi tía y me dirigí a la escuela para entregar el dichoso producto y entregarme a la monotonía de la que la institución educativa solía proveerme. Recordaba al jabón con odio, pero cuando vi la puerta de la oficina abierta me alegré y caminé con esperanza.
Entré a la pequeña habitación blanca y me dirigí hacia la encargada.
—Aquí dejo el jabón, señora.
—Pero si era para ayer —respondió.
Decidí que tenía asuntos más preocupantes dando vueltas en mi vida y desde el día anterior había jurado no meterme en más problemas, por lo que lo tomé con calma y decidí pensar bien antes de hablar.
—Sí, ayer ya lo tenía pero cuando vine estaba cerrado.
—Ah, eres tú —dijo mientras me miraba entrecerrando los ojos—, te esperamos un rato pero no llegaste. ¿Por qué tardaste tanto?
—Bueno, es que fui al centro a la tienda donde me dijeron.
—¿Por qué fuiste al centro? —preguntó en un tono algo descarado—. Hubieras ido a la tienda que está aquí a la vuelta.
Ahí en serio quería gritar mientras lloraba. ¿Me había desgastado, humillado y cansado por nada? No podía ser que incluso había perdido mi celular por conseguir el maldito jabón y apenas me dice que pude haberme ahorrado todas esas penas si lo hubiera comprado en una sucursal de la tienda que se encuentra a una cuadra de la maldita escuela.
A partir de ese momento, no recuerdo exactamente qué es lo que sucedió, pero puedo afirmar que solté las bolsas de jabón y sonreí antes de salir de esa oficina. Sin embargo, la sonrisa no era de felicidad o de alegría, sino una de esas muecas que dicen "ahora sí, jódete mundo. Quiero morir".

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