19 enero, 2014

Ilusiones.

En ocasiones como ésta, en las que trato sin éxito de terminar los problemas de trigonometría que mis compañeros me pedirán y tardarán máximo media hora en copiar mi esfuerzo de dos días, son únicas. Estoy harto de todo, quiero golpear a mis vecinos por tener la música a todo volumen, y comienzo a divagar entre las esquinas de mi mente.
De manera muy extraña, momentos como éste, para mí, son ideales para reflexionar. Mientras mi mano trabaja en modo automático, trazando garabatos incomprensibles y apresurados, mi cabeza escoge un tema y da vueltas alrededor de él.
Estoy gratamente sorprendido porque no he pensado tanto en películas, en comida o en el hecho de que no he limpiado mi cuarto, pero mi mente no deja de pensar en una sola cosa: ¿en verdad quiero tener una relación?

Como deben saber, a principios de este año comencé a salir con un chico. Un personaje bastante lino, atento, carismático y agradable. Sin embargo, en este caso la barrera de la distancia es mucho más grande de la esperada. Más de 800 km de distancia.
Se puede pensar: "vaya, es muy lejos, pero si hay amor entonces no existen barreras". También se podría decir "bueno, no será fácil, pero ambos pueden con ello". Y agreguemos "amor de lejos, felices los cuatro" (o para los menos puritanos, "amor de lejos, amor de p*ndejos").
El chico está totalmente dispuesto al reto, dándome ya a entender que me va a esperar con todas las ansias del mundo y diario me envía mínimo un mensaje con palabras muy lindas, un pedazo de una canción que dice que le recordó a mí o mínimo algo para darme a entender que me entregaría todo.
Sin embargo, y a pesar de que aprecio bastante todo ese esfuerzo, no dejo de pensar "vaya, voy a terminar rompiéndole el corazón al pobre chico". No puedo responderle con canciones y frases románticas, dejé de hacer eso desde que terminé con mi primer casi-novio y no me nace escribir tales cosas. No me gusta escribirme con las personas por medio de mensajes. ¿Y por qué?
Porque a veces no sé si quiero responder sus mensajes. Porque quisiera decirle que olvidó aquella vez cuando mencioné que muy seguido necesito tiempo estando solo. Porque cada día tengo más dudas acerca de nosotros como una pareja formal. Y porque no sé si también estoy dispuesto a esperarlo.
Con eso no me refiero a que quiero seguir teniendo citas, porque conozco a chicos elegibles una vez cada seis lunas llenas. Quiero decir que no me encuentro listo para una relación así de seria.
Claro, algún día quiero encontrar a una persona que pueda coexistir con mi estilo de vida, pero justo ahora me siento muy bien estando solo, y él no es así.
Uno de los problemas que tengo constantemente a la hora de tener una relación es que mis periodos de "luna de miel" suelen ser más cortos de lo que se espera de una persona y mi aparente aceptación a la idea de la soledad. Lo contrario a los estúpidos de Romeo y Julieta.
"¿Cómo?", se podrán preguntar. No busco a una persona que me complete, porque no estoy a la mitad. Dejé de buscar a un chico perfecto, porque sería el ejemplar más aburrido de este planeta. No trato de buscar "aquello que siempre me hizo falta", pues considero que, aunque no lo tenga todo, tengo lo necesario para estar bien conmigo mismo.
Me gustaría alguien que me complemente, que tenga aquello que yo no y que le guste estar con las mejores y las peores partes de mí. Mi sueño es un chico lleno de imperfecciones, las cuales convivan con las mías para mejorar juntos. Un chico con quien poder construir una vida poco a poco, que sea él mismo conmigo (y si fuera pelirrojo, entonces qué mejor). Dos personas diferentes e independientes, no una sola.
Más imposible, no se puede.
Ahora, el chico con el que salgo cumple con muchos de los requisitos. Es inteligente, agradable, imperfecto pero en el buen sentido, sin antecedentes penales y sí me veo viviendo con él y sobreviviendo. Sin embargo, me intimida que, a veinte días de conocernos, ya me considere como el centro de su universo.
Ya había notado bastantes señales, pero me di cuenta de ello una vez que fuimos al cine juntos. Mientras esperábamos a que se acercara la hora de la función, estábamos platicando sobre cosas sin importancia pero era muy agradable. Cuando vimos la hora, nos pusimos de pie y comenzamos a caminar hacia la sala. Reíamos un poco, platicábamos aún más y se sentía muy bien todo eso.
Cuando hubo un pequeño silencio, observé los posters de las películas que se estrenaban próximamente. Decenas de imágenes nos rodeaban y, entre ellas, señalé a una y dije "mira, quiero ver esa película".
Lentamente abrió sus ojos con admiración mientras me observaba como cuando le están sirviendo su plato favorito a un niño hambriento. Empezó a sonreír como una chica cuando le dicen que aprobó con la mejor puntuación el examen más difícil de su carrera. Y suspiró como sólo saben hacerlo las personas enamoradas.
"También yo", dijo, lleno de emoción, mientras todo ese espectáculo continuaba.
Está enamorado, me dije. Está perdidamente enamorado. Y desde entonces comencé a temer, porque las señales se hacían mucho más evidentes.
Todas aquellas veces en que iba manejando su automóvil y no dejaba de tomar mi mano. No vio que, cuando nos paramos por un semáforo, una ventana del restaurante que teníamos al lado tenía una vista excelente hacia nosotros, y una muchacha gordita, de unos catorce años, nos vio y le dijo a su madre y a su hermana menor que nos viera. Las tres personas vieron la espalda del chico, mi cara aterrorizada y nuestras manos unidas. Luego, intentaban simular que comían como si nada, pero sin quitar la mirada de nosotros.
Las tres veces que hizo un viaje de casi una hora (por carretera) sólo para llevarme a mi casa. A veces, cuando no parecía haber tráfico, reducía la velocidad sólo para besarme. No sabe el terror que me causó cada vez que hacía eso.
Me presentó a sus mejores amigas, y cada vez que me veía llevándome bien con ellas, sabía que él sonreía. Y se molestó cada vez que me escapé de conocer a su familia (fueron muchas veces a decir verdad). Pero él no sabe que me escabullía porque aún no sabía si quería estar con él o no.
Quisiera decirle "mira, me gustas y sentí algo por ti cuando estuvimos juntos, pero te conozco de veinte días nada más. Sé que parece que te conozco de toda una vida y es muy lindo que me hayas permitido tanto de ti, pero no se siente correcto escribir que te quiero, porque no soy de las personas que quieren a alguien a los veinte días. Ni siquiera a los dos meses me siento lo suficiente seguro como para decir eso. Nada más quiero decir eso. Y no quiero ser tu todo en esta vida. Me duele haberte ilusionado tanto, pero sinceramente creo que yo necesito más tiempo de conocerte bien para saber si esto puede funcionar".
Lo que más me duele es que no hago nada.
Haga lo que haga, sus amigas me odiarán.
Diga lo que diga, sé que él seguirá con la romántica idea de conquistarme.
Pase lo que pase, cada vez me convenzo más de que, aunque él considere que yo soy para él, él no es para mí.
Y me siento mal cada vez que recuerdo aquella vez cuando me preguntó sobre cómo me veía en un futuro. Siento que está sucediendo justo ahora, leo sus palabras en mi mente. Siento su dolor en mi alma.
"¿Cómo te ves en cinco años?", me pregunta entusiasmado, intrigado por la respuesta que le pueda dar.
Pero me doy cuenta de que, cuando le digo que quiero ser escritor y trabajar de maestro y tener una casa acogedora y libros publicados, lo hiero porque no digo si quiero estar con alguien o no. Y me doy cuenta de ello porque deja de escribirme sonrisas, canciones, bromas y aparecen los molestos "jeje" en la conversación.
"¿Pero no te imaginas con alguien?", me pregunta por mensaje de texto en esa conversación.
"Me parecería muy bien si pasara mi vida con alguien", le escribo, "pero si no sucede, entonces no pasaría nada, estaría bien".
"Oh", responde.
"¿Tú cómo te imaginas en cinco años?", le pregunto.
Me responde que quisiera estar con alguien, tener una familia, vivir con sus hijos, ser feliz con esa persona perfecta para él, siendo feliz porque esa persona es feliz. Teniendo su carrera y su negocio, pero al final su mayor orgullo sería estar a lado de esa persona, y me da a entender que esa persona podría ser yo.
"Qué bien". Es lo único que me atrevo a responder.

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