Mi papá lo sabe, casi estoy seguro.
Durante todo el día, desde que llegó hoy con mi mamá, no me ha dirigido la mirada. Se limita a observarme con desaprobación, atacándome con la vista, y sé que evita aún más que yo el momento en el que se tengan que jugar todas las cartas al frente.
Casi puedo jurar que en efecto leyó el contenido de los escritos que mantenía dentro de un cajón.
Puede que la incomodidad dure unos días, meses o hasta un par de años. Me preocupa bastante que así sea. No creo aguantar otra vez ese tipo de miradas de mi papá.
La verdad es que lo amo, lo admiro y algún día me gustaría llegar a siquiera tener la mitad de las virtudes que tiene, pero no es un ser perfecto, y a veces siento que él no se ha dado cuenta de que yo no puedo ser perfecto, ni siquiera por él.
Duele admitirlo. Saber que en realidad no quise ser todo que él quería que fuera. Que cada día que lo veo sonreír, sé que no soy la causa de esas sonrisas. Darme cuenta de que no sé cómo tener una sola conversación con mi propio padre.
Le debo todo lo que tengo. A él y a mi madre. En verdad todo. Y, aún así, llega el momento de darme cuenta de que no puedo pasarme los días intentando vivir para hacerlos feliz. Que llegará el momento en el que me tenga que ir y descubrir cómo podré sobrevivir sin su protección. Que llegará el día en el que no estén conmigo.
Es triste, pero llegará un día en el que diré: "papá, no me gustan las mujeres".
Me imagino en la sala de mi casa. Mi papá se ve cansado, y atrás está mi mamá intentando alejar su vista de la escena, esperando a que mi papá responda al menos una palabra.
Él me mirará con tristeza. En silencio escuchando sus pensamientos de decepción. Esperando decir algo adecuado, algo prudente, algo correcto.
Pero no dirá nada, lo sé.
Estará callado, distante, silencioso.
No dirá cosa alguna.
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