Querido diario de un chico homosexual que trata de no arruinar su primera relación que parece que va en serio: los gays somos personas que tendemos a mentir compulsivamente. Estamos duramente entrenados y capacitados para ello.
Tras años de negación interior, de debates profundos y tumultuosos, de sueños imposibles que se ven destruidos día a día por el miedo de que alguien te juzgue por una pequeñísima parte de sí mismos (y que a la vez paradógicamente consume la mayoría de los pensamientos del individuo una vez que existe la duda), terminamos convirtiéndonos en máquinas preparadas para salir de cualquier apuro con una pequeña mentira.
Lo que comienza con una situación en la que pones de excusa a una amiga para poder salir con un individuo al cual uno siente cierto grado de atracción, puede llegar a terminar en la creación de una historia mucho más compleja con tal de poder pasar la noche en casa de un sujeto.
Aprendes a amar la mentira, a hacerla parte de tu vida y a darte cuenta de que, mientras esas pequeñas invenciones te sacan de tantos apuros con tan solo abrir la boca y dejar salir unas cuantas palabras arregladas, terminan convirtiéndose en un hábito, en una droga.
Uno de los propósitos que me hice para el año 2013 fue el de dejar de mentir, de preferencia por completo. Fue la proposición más difícil que me he hecho a lo largo de mi vida, y todo iba bien hasta que mis papás se dieron cuenta de que, según el manual establecido para los padres, la cláusula número uno indica que, una vez que el joven haya alcanzado otra década y siga sin presentar pareja alguna del sexo esperado, entonces debe ejercerse un poco de presión para lograr resultados eficientes y eficaces.
Al principio resultaba sencillo y hasta placentero evadir la verdad de maneras creativas. No decir la verdad no siempre implica una mentira, así que, si me llegaban a preguntar "¿cuándo vas a tener una novia?", les respondía cómicamente "nunca".
La mayoría del tiempo solamente reían. Gustosos de que el chico, si carecía de una mujer, al menos podía gozar de un punzocortante sentido del humor. Sin embargo, no fue hasta cuando la respuesta dejó de ser divertida que se hizo evidente la veracidad del "nunca" que salía deliciosamente de mi boca.
Como muestra de otra variedad, hoy, una amiga del chico con el que salgo nos preguntó nerviosamente "y... ¿cómo se conocieron ustedes dos?", antes de que los cuatro oyentes guardásemos silencio en espera de que alguien dijera una respuesta.
"¿Cómo nos conocimos?", le dije al chico, tratando de salir ileso del primer asalto.
Sólo bastó eso para que instantáneamente cocináramos una historia más agradable para ellas, en lugar de la verdad que diría "nos encontramos en una aplicación donde chicos solitarios buscan sexo con la persona más cercana que encuentran".
Nos salimos con la nuestra, el tema cambió y la conversación fluyó, pero no dejaba de preguntarme por qué surgió la necesidad de inventar algo, y a la vez pensaba que eso fue la mejor decisión que se pudo haber tomado. ¿Lo fue? No lo sé. Claramente hubiese resultado muchísimo más interesante observar la reacción si les hubiéramos dicho lo que sucedió en realidad, pero así no fue.
Jugar a las escondidas tanto con la verdad te trae una gran admiración hacia los ocultos placeres del arte del engaño y a la vez, en mi caso, viene consigo con un regalo aún más duro de cargar. A veces lo veo en una caja con un listón de colores, en ocasiones lo encuentro sin envoltura y mostrándose al desnudo, pero es inevitable que aparezca ese torrente de pensamientos que destruyen lo que encuentran a su paso como un huracán, y deben liberarse de vez en cuando para evitar una serie de explosiones aún más dañinas.
Poco a poco, hay que dejar que esos pensamientos salgan de mi cuerpo. Pobres de mis mejores amigos y amigas, pero les he puesto mis cruces sobre ellos, y los admiro por escuchar cada incomprensible idiotez o esas tormentas verbales que suelo vomitar cuando tengo la necesidad de hacerlo, y también tengo que agradecer a la escritura porque me permite dejar esto libre y luego volver para reírme de cada incongruencia que dejo plasmada (aunque no estoy seguro de que un blog sea el mejor lugar para escribir mis intimidades).
Ahora, ¿qué es lo que sucede cuando, por primera vez en lo que va de mi vida, me encuentro con alguien que, en serio, me propone algo serio? Un chico que aprecia lo mejor de mí y que admira aquello que no me gusta tanto. Una persona que me dice frases trilladas y aún así logra sonrojarme o hacerme suspirar. Ese agradable sujeto que es atento conmigo, se preocupa por mi bienestar y me dice un "te quiero" aunque sabe que lo más que va a recibir es un "yo también", seguido de una palmada en el hombro.
Le estoy mintiendo al final de cuentas. No le estoy diciendo que algunas frases suyas me parecen trilladas ni que aún así me sorprenden porque me hacen sonreír. Le oculto que cada que da el primer paso para besarme, en secreto yo soy el que quiere aventarse a dar el beso. Me escabullo en ocasiones de él para evitar que descubra que me está haciendo un bien. No le digo que lo quiero, por miedo a que uno de los dos cambie de opinión un rato más.
Y, a pesar de que no todo en él me guste ni me agrade, no le digo que hay cosas en él que me han hecho ver que puede tratarse de aquella persona para mí.
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