10 abril, 2014

A una amiga.

Cada día me siento más falso que el anterior. Me doy cuenta de que hablo mal de una amiga a sus espaldas, y cuando llego con ella me encuentro hablando mal de las personas con quienes la estaba criticando antes.
Hay una chica en mi grupo que es despreciada por una buena parte de los integrantes de dicho grupo. Puede no ser la más bonita y tampoco la más dedicada, pero es muy inteligente y creativa, al igual que defiende sus ideales a toda costa.
Recuerdo que le hablé desde el principio. Era para mí la chica que provenía de un colegio, la hija de papi, una de las pocas que podían pagar la colegiatura a tiempo cada semestre.
Me agradó desde un inicio. Hablaba con ella y parecía interesante. Leía y compartíamos opiniones sobre lo que ambos habíamos leído. Cuando nos organizaban en equipos y estaba con ella, trabajaba cómodamente y me gustaba el ritmo.

En mis días de ambigüedad sexual, incluso me imaginé saliendo con ella, y no me desagradó del todo la idea, aunque parecía cómicamente imposible.
Aunque me llevara bien con ella, cada quien tenía su grupo de amigos y amigas con quienes preferíamos pasar el tiempo. Tenía a una amiga, quien se volvió cada vez más negativa y decidí alejarme. Entonces pasé más tiempo con otros amigos.
Ella conserva su grupo casi intacto desde el inicio; el grupo de "las víboras", le decían muchos. Me sentía mal al decirles así, aún y cuando varias del grupo en efecto eran "víboras", pues pensaba que así yo terminaría siendo una "víbora" todavía peor a ellas.
El problema de tener ideas grandes cuando estás en un numeroso grupo de personas que no saben apreciarlas es que solamente tienes pocas salidas: silencias tu voz interior y te unes, deambulas en el aire, o terminas siendo repudiado por todos.
Mientras que preferí callar, no me uní. No importa que cada "los odio a todos" que digo frente al grupo sea más y más real, o que mi amargura sea muy elevada para la edad que tengo, creí que era la única manera de mantenerme fiel a mí mismo. Creí.
Ella prefirió el camino largo y tedioso. Por comodidad, los de mi grupo la dejaban organizando eventos y ella daba lo mejor de sí, pues le encantaba participar. Sin embargo, cuando al grupo no le gustaba el resultado, ella terminaba herida. No importaba que todos hayan hecho algo mal, ella era la culpable.
Comencé a darme cuenta de que también tenía la culpa, porque no la defendía. Callaba. ¿Por qué? No lo sé, pero no callaba porque pensara que era lo correcto.
Tenía miedo de enfrentarme a los de mi grupo, aunque supiera que actuaban con estupidez. Y admiraba que se enfrentara a ellos, incluso cuando argumentó llorando como bebé que ella no había tenido toda la culpa.
Comencé a escuchar cosas cada vez peores de ella. Cada cierto tiempo sabía de algún chisme que la destruía, y me alejaba, callado, de ella. No estaba sola, porque sus amigas se mantuvieron, sino unidas, al menos firmes; pero ya no existía como un amigo para ella.
Me perdía entre la oscuridad, y comencé a creer en lo único que escuchaba sobre ella.
"Está desesperada", me contó una vez un amigo, "el otro día estuvo platicando conmigo y dijo que se sentía sola".
"Pues quién va a querer estar con ella...", dijo una amiga.
Todos estuvieron de acuerdo.
Callé.
Cada vez la veía peor y peor. En ocasiones nos saludábamos y podía sentir la máscara de hipocresía queriéndose despegar de mi rostro. Creía ver en ella una sonrisa falsa, por lo que pensaba que ella no merecía mis sonrisas verdaderas.
Poco a poco descubrí que sus sonrisas falsas no siempre ocultan desprecio. En ocasiones sonríe para no gritar. Para no llorar. Para mantenerse de pie y no quebrarse en miles de pedazos.
Desde hace poco tiempo, un maestro la cambió de lugar durante una clase y se ubicaba frente a mí.
A los de mis alrededores no les emocionaba la idea y me pareció lógico: ¿quién quiere estar cerca de la chica a quien ni siquiera invitan a las posadas navideñas?
No sabía cómo sentirme. Por una parte pensé "qué flojera, tener que ayudarle a alguien más o hacerle sus tareas, no quiero que esté cerca"; pero también reflexionaba "¿qué tiene de malo? Has escuchado miles de cosas de ella, pero no te ha hecho nada malo y sigue siendo agradable al platicar y convivir".
En un principio estuve con dudas, pero trabajo muy cómodo con ella. Tenemos un ritmo similar, y terminamos las cosas rápido, así que nos queda tiempo para platicar.
Me costó trabajo asimilar el hecho de que ya la siento como una verdadera amiga.
Una vez de esas que nos desocupamos pronto, estuvimos platicando de cosas sinsentido, de esas conversaciones que podría tener por toda la eternidad y sentirme feliz. Tras charlar un rato, guardamos silencio. Quietos, trazando garabatos en hojas de papel, mientras escuchábamos cómo los ruidos de nuestros compañeros formaban una pequeña nube controlada de caos.
"Todos me odian", dijo como quien menciona que no le gusta desayunar frijoles con queso.
"¿Por qué lo dices?", pregunté, aunque sabía que todos parecían odiarla.
"Porque lo hacen. Creen que no me doy cuenta".
La observé en silencio mientras ella observaba con ojos perdidos hacia las cincuenta personas que estaban a nuestro alrededor aquel día.
"Me vale".
Pasaron días y nuestra amistad crecía. Eramos amigos íntimos durante la clase, pero ahora nuestras sonrisas falsas al caminar por los pasillos se convirtieron en pequeñas bromas acompañadas de risas o pequeñas pláticas.
Una vez, un compañero me dijo: "¿en serio te cae bien ella?", y aunque ahora le hubiera dicho que sí y que no me importaba su opinión, aquella vez guardé silencio y temí asentir con la cabeza.
Recordé eso durante otra de las clases, y estuve a punto de pedirle disculpas, pero llegó una amiga nuestra a acompañarnos a trabajar.
También terminamos con rapidez, y nos pusimos a platicar.
Construimos al hombre perfecto, porque no hay chicos muy lindos en mi grupo.
"La boca y barba de él", dijo mi amiga, señalando al chico del que me enamoré una vez.
Asentimos al unísono.
"¿Los ojos de quién?", preguntó mi otra amiga, la nueva compañera del equipo.
"De ése", dijo mi amiga, señalando ahora a uno de los chicos más despreciables del grupo.
"¡¿Él?!", dije, tratando de bajar la voz lo más posible, "está bien feo".
Ella se encogió de hombros, como ocultando algo.
"¿Se te hace guapo?", pregunté, tratando de que no sonara como una reprimenda.
"Tiene coche, tiene dinero, tiene casa propia...", dijo. "Lo tiene todo".
"Pero...", comencé, "nada más míralo".
No me refería tanto a lo físico, sino a la persona que es.
"Tiene novia", dije.
Se encogió de hombros de nuevo.
Luego de construir al hombre perfecto en periodos libres entre clases, habíamos tomado lo mejor de los chicos de mi grupo. Nariz linda, buen cuerpo, nalgas decentes, voz masculina, piel no tan morena y modales decentes. Si pusiéramos todas esas características en una persona, sería el chico más deseado del planeta, aunque también se corre el riesgo de que parezca una persona deforme.
Al día siguiente, también tras terminar el trabajo y platicar un poco, estuvimos en silencio de nuevo. No es uno de esos silencios que darías todo por romper, sino un espacio que hasta reflexivo se llega a sentir.
"Estoy mal de la cabeza".
Arqueé las cejas y respondí inmediatamente.
"No lo estás".
"Voy con una psicóloga".
"¿Y eso qué tiene?".
"Estoy loca".
"No lo estás", repetí.
"Ella es muy buena".
"¿Tu psicóloga?".
"Sí. No es como los otros. Conozco a muchos y hay varios muy malos, pero ella es buena. Me cae mal porque sabe qué preguntas hacerme para que hable de lo que me pasa".
"Eso es bueno, ¿no?".
"Sí, pero no me gusta hablar de todo eso".
"Todos tenemos algo de lo que no nos gusta hablar".
Callamos.
"Mejor me mato y ya", dijo.
"No lo hagas".
"¿Por qué no?".
"Porque no".
Comenzó a reír, pero había algo en su risa que me entristeció. Estaba cansada de lidiar con todos y de estar siempre mal, podía ver eso. En ese momento me identifiqué con ella como nunca lo había hecho antes.
Hubo un gran silencio. De nuevo sólo se escuchaban los murmullos y gritos de mis compañeros.
"Siempre he querido ir a un psicólogo", dije.
"Luego te paso su número".
Aunque ya casi no trabajamos tanto juntos, seguimos saludándonos y platicando de vez en cuando, aunque no tan seguido como me gustaría.
Ya no me molestan diciéndome que no esté con ella, tal vez porque saben que no los escucharé.
Una amiga no se lleva para nada bien con ella, y sé que no le afecta que yo le hable. Otra amiga ni siquiera me habla cuando ella está cerca, pero pretendo que no lo noto.
Sus amigas, las "víboras", pueden no ser buenas personas siempre, pero están para ella siempre que las necesita, y ella está para las demás.
Dentro del salón, ser ella misma le costó la espalda de los demás. A ella le afecta, y lo sé. Dice que no, pero sí le afecta. En una vida llena de problemas personales, lo menos que quiere ella es ser odiada, pero así es como la perciben.
Noto cómo incluso maestros se ponen en contra de ella, y sé que también la despreciaría si no la conociera.
Hay personas que nunca entenderán que no todas las cabezas pueden funcionar de la misma manera y que no todos deben seguir el mismo patrón. Tristemente, llegué a ser una de esas personas, y ahora me doy cuenta de todo el tiempo que perdí tratando de convencerme de que no era quien en realidad soy.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Deja tu comentario, opinión, duda, queja, respuesta o comienzo de conversación a continuación: