Querido diario de un chico harto de aparentemente ser incapaz de callar las voces que viven en su cabeza y que le impiden enfocarse en lograr un crecimiento interno: hoy me siento orgulloso de lo que hice, a pesar de que ya se notan las repercusiones negativas.
Jamás pensé que llegaría a vivir una situación tan ridícula, infantil e improbable en mi queridísima escuela (sarcasmo), siendo una institución de educación superior -es decir, para adultos-, y todo a partir de la elección de los detalles para la fotografía grupal de graduación, siendo que mi generación se gradúa en más de un año, y eso si lo logramos.
Llegó el encargado de las fotografías a nuestro numeroso grupo que, de tener que proponerle un nombre, el más adecuado sería "las cincuenta personas que menos tienen en común en todo el planeta, para bien y para mal".
Era la tercera o cuarta vez que ese joven se paraba frente a mi hermoso grupo de personas invaluables, pero se entendía que tuviera nervios aún, que esos nervios se transformaran en ejercicios repetidos de paciencia y ello se convirtiera en tratar de lograr que una multitud de simios enfurecidos guarden silencio.
En lo que llevo de vida, no he tenido la dicha de experimentar estudiar con un grupo en donde los conflictos no fueran tan evidentes.
En el preescolar se entienden las diferencias, debido al egocentrismo infantil de mis compañeros y mío. En la primaria comenzaron a notarse los focos de peligro cuando no podíamos realizar un intercambio de regalos sin que mínimo alguien se molestara. En la secundaria, lo único que logramos realizar eran eventos sociales, y ello porque no interveníamos en la organización. En la preparatoria al menos logramos sacar adelante un par de viajes.
Sin embargo, ahora, tratando de graduarme para ser maestro de secundaria, encuentro que es muchísimo más sencillo y agradable exprimirme una espinilla antes de lograr un acuerdo entre al menos el diez por ciento de mi grupo, y eso que detesto las espinillas.
Primero vino la elección del color de la toga. Es ridículo pensar en esas cosas cuando es más probable morir de un accidente de tránsito intentando cruzar la calle que está frente a la escuela a terminar una educación con éxito en esa escuela, pero así parece ser la vida.
Algunos querían el típico color vino para los adornos de la toga, y me incluí en ese grupo debido a que, de las otras dos opciones, una era un amarillo que me vería ver gordo y con la piel cincuenta tonos más oscura, en lugar de mi interesante moreno bronceado claro pálido que me caracteriza; mientras que el otro color era un azul que parecía haber sido inspirado en las figuras de acción que venden en el mercado negro.
Antes de comenzar la votación, sugerí a los oídos sordos de mi grupo que, de existir razones por las cuales no les parecería cierto color, debían hablarlo en el momento, pero al parecer a mis compañeros no les gusta hablar mal de las cosas cuando les dan permiso para hacerlo.
La votación comenzó y, cuando habían anotado la mitad de los votos, el color vino predominaba. No había razones por las que debería sentirme bien ni mal, era todo para una simple fotografía que tendría colgada en una pared no muy frecuentada. Claro, en ese momento hubo quienes aparentemente creyeron que su vida dependía de la elección del color de un metro de tela y se aferraban a que el azul plástico lograra vencer a su peor enemigo, pero sólo comenzaron a ver la magnitud del asunto cuando una chica gritó:
"¡NO! ¡¡DE AZUL NO!! ¡¡¡ME VOY A VER NEGRA!!!"
Más de uno se sorprendió cuando el azul de repente tomó la delantera y terminó siendo la elección de la mayoría del grupo.
Acepté mi derrota durante los cero segundos que lamenté el hecho de que no usaría una banda de color vino en mi evento de graduación, pero esperé pacientemente a que comenzara la guerra, pues no tardarían en aparecer los comentarios de los inconformes, los malos perdedores.
Una compañera, en específico, actuó en nombre de los que prefirieron el color vino, dando la opción de que el azul sea el color de los adornos para la fotografía, y que el otro sea para el día del evento de graduación. Los azules lo tomaron como una agresión y respondieron con comentarios hirientes, sin muestras de piedad alguna.
Astuta, ella calculó su contraataque, volviendo a sugerir una segunda votación para eliminar inconformidades, pero la respuesta del grupo fue todavía peor, y digo "peor" porque no encuentro un adjetivo más adecuado para describir cómo le contestaron. Algunos nos quedamos callados mientras contemplábamos cómo otros se transformaban en bestias sedientas de sangre.
Lo que ellos no sabían era que mi compañera fue una abogada en su anterior vida y se defendió con el golpe final, mencionando que, mientras todos habían votado, no todos habían encargado la foto y, por ende, deberían tomarse en cuenta solamente las opiniones de aquellos que tendrían que sufrir con el recuerdo impreso.
Las bestias callaron, con la cola entre sus patas por el golpe bajo que les acababan de dar, y se celebró la segunda encuesta, en la cual ganó el color vino.
La inconformidad aumentó, pero todos decidimos unirnos por primera vez y nos ignoramos entre todos, porque se necesita un enemigo en común para crear lazos de actuación. Aparte, quedaban dos decisiones más por hacer.
Elegir el marco de las fotografías se dejó para después. No era algo rotundamente importante, y el conflicto disminuyó cuando se nos dijo que cabía la posibilidad de que se eligieran marcos diferentes entre mis compañeros.
Aún así, quedaba la decisión más importante y difícil, porque lo más complicado de elegir con un grupo, hablando de fotografías, es la locación, y eso es debido a que es lo que compone gran parte de la imagen que se nos venderá.
El silenció (que en realidad duró dos segundos) se asentó en el aula porque todos sabían la seriedad y magnitud del asunto. Había dos lugares por elegir, y sobresalía una hacienda que se antoja como el lugar ideal para una sesión fotográfica, pero cuando supe de la otra opción, sabía que no debía encariñarme de tal hacienda.
La playa.
Las fotografías de graduación en la playa son idóneas, no por la naturaleza, el mar y la arena, sino porque tras sobrevivir unos minutos pretendiendo que es el mejor día de mi corta vida ante una cámara, mis compañeros podrían escaparse a beber y comer sin compromiso alguno, a ser irresponsables y divertirse como cual adolescente de dieciséis que se escapa de casa por tercera vez en su vida.
Otra voz femenina, antes de comenzar con la decisión más importante a la que se sometieron algunos de mis compañeros, remarcó los inconvenientes de ir a la playa para tomar fotografías, como el hecho de que el maquillaje se arruine, o que necesiten retocarse el cabello cada dos segundos. A los oídos de unas chicas, fueron palabras de sabiduría pura, pero la gran mayoría se veía disfrutando de un día soleado, y no tarde en predecir ante una amiga que la playa sería elegida.
Gran parte de los votos fueron, como era de esperarse, hacia la playa, pero había más de una sorpresa y la hacienda iba cobrando fuerza. Cuando me preguntaron (estaba sentado justo a la mitad de mi grupo), decidí no votar y atenerme a las decisiones de mis compañeros, lo que es el equivalente a dejar de niñera de mis hijos a una asesina en serie profesional.
La votación continuó sin mi opinión, y se demostró que la otra voz femenina fue escuchada, pues la hacienda se perfilaba cada vez más como una severa amenaza hacia el viaje a la playa que tenían en mente mis compañeros.
Entre los últimos votos, la playa y la hacienda quedaron empatadas, y una compañera terminó votando por la hacienda. Y, cuando todo parecía perdido para la parte del grupo que prioriza el alcohol antes de una educación, salió de repente un compañero a salvar el día y votó por la playa.
Eso dejaba un empate, y un empate siempre es un conflicto más grande qué resolver en mi grupo, porque eso implicaba que la decisión tendría que ser tomada por una persona. Alguien que tratara de establecer la paz, complaciendo lo más que se pueda a ambos partidos. Una persona que tuviera razones correctas para tomar la decisión más adecuada. Un chico que aún no hubiera votado.
Como era de esperarse, alguien hizo notar que faltaba mi voto, y todos los ojos de los que estaban encerrados conmigo en esa celda se dirigieron hacia mí. Me veían como el chico que podría salvar el viaje o que lo arruinaría por completo, así que comenzaron a gritarme sus opiniones.
"¡PLAYA!"
"¡¡HACIENDA!!"
"¡¡¡PLAYA!!!"
"¡¡¡¡CON LA SEÑORA DE LOS DULCES!!!!"
"¡¡EN LA PLAYA, MALDITA SEA!!"
Sentía que los gritos ensordecían mis oídos, pero a través del ruido también escuchaba los comentarios que hacían algunos otros.
"Ya ganó la playa", aseguró un chico, "vas a ver".
Una compañera, cuando supo que era yo el que decidiría a qué lugar, movió sus brazos, celebrando que tendría una excusa para estrenar su traje de baño nuevo.
Otro chico, celebrando, mencionó "qué bueno que le tocó a él escoger, ya estuvo que fuimos a la playa".
Una amiga me dijo "está bien donde tú quieras".
Y no quería ir a la playa.
Veía las expresiones de mis compañeros: la mitad, felices porque tenían mi voto asegurado; la otra mitad, decepcionados de que no tuviera el valor e enfrentarme a la horda enfurecida de gente que quiere imponer ciertas cosas.
Decidí esperarme a hablar hasta que los demás guardaran silencio, como suelo hacer con mis alumnos, pero ellos sólo pensaban en su victoria y el la derrota de los demás.
Me sentí oprimido, ensordecido, desvalorado, corrupto e hipócrita. Mi opinión para ellos no valía un centavo, porque pensaban que me podían manejar a su antojo. Qué tarde se dieron cuenta de que su opinión, por primera vez en mucho tiempo, para mí no valía un décimo de centavo.
"¡¡¡NO QUIERO IR A LA PLAYA CON USTEDES!!!"
Guardaron silencio dos segundos, mientras duró la impresión de que no me había dejado manipular de una vez por todas, y luego comenzaron las bullas.
Estaban molestos porque les había arruinado el día perfecto. Incontrolables porque había tomado una decisión que les pareció incorrecta. Se enojaron más cuando la maestra intervino para mantener el orden y evitó que algunos llamaran por teléfono a otros con tal de llamarle a quienes no votaron por haber faltado a clases para que la playa tuviera otra oportunidad. Incluso se molestaron algunos que habían votado por la hacienda, lo cual me desconcertó bastante.
Ojo, desconcertó, más no importó.
Lentamente me estoy consolidando como el chico que todos odian porque hace las cosas correctas, pero aburridas. Últimamente es fácil aborrecerme por el simple hecho de que encuentran despreciable que voy aprendiendo a defender mi opinión.
Tuvo que pasar más de un lustro para que aprendiera a no dejarme llevar por lo que dicen los demás, y me sorprende que siga de pie aún con el hecho de que varios dejaron de hablarme por lo sucedido. Claro que parece no valer la pena contar con alguien que te dejaría de hablar por estar entre la mayoría del grupo que eligió la locación para una fotografía.
El muchacho de las fotografías se retiró, aparentemente sin ánimos de regresar hasta al menos dentro del próximo siglo. La clase se consumió en ese debate sinsentido y todos volvieron a sus trabajos, a sus chismes y a sus pláticas.
Al final, sin embargo, no pude evitar cómo un compañero decía:
"Vámonos a la playa un día todos", dijo en tono burlón, "pero que NO VAYAN los que escogieron la hacienda". No tenía que mirarlo para darme cuenta de que el comentario se dirigía hacia mí, pero desafortunadamente él estaba sentado frente a mí.
En mi cabeza le respondí con un "no hubiera ido de cualquier manera", pero he aprendido que los actos infantiles e inmaduros de los adultos se responden con silencio.
Gran parte de los votos fueron, como era de esperarse, hacia la playa, pero había más de una sorpresa y la hacienda iba cobrando fuerza. Cuando me preguntaron (estaba sentado justo a la mitad de mi grupo), decidí no votar y atenerme a las decisiones de mis compañeros, lo que es el equivalente a dejar de niñera de mis hijos a una asesina en serie profesional.
La votación continuó sin mi opinión, y se demostró que la otra voz femenina fue escuchada, pues la hacienda se perfilaba cada vez más como una severa amenaza hacia el viaje a la playa que tenían en mente mis compañeros.
Entre los últimos votos, la playa y la hacienda quedaron empatadas, y una compañera terminó votando por la hacienda. Y, cuando todo parecía perdido para la parte del grupo que prioriza el alcohol antes de una educación, salió de repente un compañero a salvar el día y votó por la playa.
Eso dejaba un empate, y un empate siempre es un conflicto más grande qué resolver en mi grupo, porque eso implicaba que la decisión tendría que ser tomada por una persona. Alguien que tratara de establecer la paz, complaciendo lo más que se pueda a ambos partidos. Una persona que tuviera razones correctas para tomar la decisión más adecuada. Un chico que aún no hubiera votado.
Como era de esperarse, alguien hizo notar que faltaba mi voto, y todos los ojos de los que estaban encerrados conmigo en esa celda se dirigieron hacia mí. Me veían como el chico que podría salvar el viaje o que lo arruinaría por completo, así que comenzaron a gritarme sus opiniones.
"¡PLAYA!"
"¡¡HACIENDA!!"
"¡¡¡PLAYA!!!"
"¡¡¡¡CON LA SEÑORA DE LOS DULCES!!!!"
"¡¡EN LA PLAYA, MALDITA SEA!!"
Sentía que los gritos ensordecían mis oídos, pero a través del ruido también escuchaba los comentarios que hacían algunos otros.
"Ya ganó la playa", aseguró un chico, "vas a ver".
Una compañera, cuando supo que era yo el que decidiría a qué lugar, movió sus brazos, celebrando que tendría una excusa para estrenar su traje de baño nuevo.
Otro chico, celebrando, mencionó "qué bueno que le tocó a él escoger, ya estuvo que fuimos a la playa".
Una amiga me dijo "está bien donde tú quieras".
Y no quería ir a la playa.
Veía las expresiones de mis compañeros: la mitad, felices porque tenían mi voto asegurado; la otra mitad, decepcionados de que no tuviera el valor e enfrentarme a la horda enfurecida de gente que quiere imponer ciertas cosas.
Decidí esperarme a hablar hasta que los demás guardaran silencio, como suelo hacer con mis alumnos, pero ellos sólo pensaban en su victoria y el la derrota de los demás.
Me sentí oprimido, ensordecido, desvalorado, corrupto e hipócrita. Mi opinión para ellos no valía un centavo, porque pensaban que me podían manejar a su antojo. Qué tarde se dieron cuenta de que su opinión, por primera vez en mucho tiempo, para mí no valía un décimo de centavo.
"¡¡¡NO QUIERO IR A LA PLAYA CON USTEDES!!!"
Guardaron silencio dos segundos, mientras duró la impresión de que no me había dejado manipular de una vez por todas, y luego comenzaron las bullas.
Estaban molestos porque les había arruinado el día perfecto. Incontrolables porque había tomado una decisión que les pareció incorrecta. Se enojaron más cuando la maestra intervino para mantener el orden y evitó que algunos llamaran por teléfono a otros con tal de llamarle a quienes no votaron por haber faltado a clases para que la playa tuviera otra oportunidad. Incluso se molestaron algunos que habían votado por la hacienda, lo cual me desconcertó bastante.
Ojo, desconcertó, más no importó.
Lentamente me estoy consolidando como el chico que todos odian porque hace las cosas correctas, pero aburridas. Últimamente es fácil aborrecerme por el simple hecho de que encuentran despreciable que voy aprendiendo a defender mi opinión.
Tuvo que pasar más de un lustro para que aprendiera a no dejarme llevar por lo que dicen los demás, y me sorprende que siga de pie aún con el hecho de que varios dejaron de hablarme por lo sucedido. Claro que parece no valer la pena contar con alguien que te dejaría de hablar por estar entre la mayoría del grupo que eligió la locación para una fotografía.
El muchacho de las fotografías se retiró, aparentemente sin ánimos de regresar hasta al menos dentro del próximo siglo. La clase se consumió en ese debate sinsentido y todos volvieron a sus trabajos, a sus chismes y a sus pláticas.
Al final, sin embargo, no pude evitar cómo un compañero decía:
"Vámonos a la playa un día todos", dijo en tono burlón, "pero que NO VAYAN los que escogieron la hacienda". No tenía que mirarlo para darme cuenta de que el comentario se dirigía hacia mí, pero desafortunadamente él estaba sentado frente a mí.
En mi cabeza le respondí con un "no hubiera ido de cualquier manera", pero he aprendido que los actos infantiles e inmaduros de los adultos se responden con silencio.
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