08 abril, 2014

En bicicleta.

"Las oportunidades son una vez en la vida, amiguito", me dijo una amiguita, y temo que eso comience a ser verdad.
Querido diario de un chico que pasa más tiempo preocupado por los errores que cometió en el pasado en lugar de ocuparse por no equivocarse en el presente: pude haber conocido al amor de mi vida, al chico inesperadamente esperado, mi oportunidad de oro... pero mejor les doy la historia completa primero.
Por primera vez en los veintiún años que llevo de vida, decidí que esta vez le regalaría algo a mis hermanos en sus cumpleaños. ¿Por qué? Sencillamente porque mi hermano cumplirá diecinueve en unos días y mi hermana será de catorce en unos meses, y diecinueve y catorce son edades poco memorables, así que era mi oportunidad para que mínimo recuerden esa edad como "el año en el que mi hermano mayor me regaló algo".
Por lo de mi hermana me preocuparé después, pero a mi hermano decidí conseguirle algo que le gustara, lo cual implicó tener que conseguir el producto por Internet. Encargué hace como diez días lo que sentí dentro de mi corazón que sería adecuado a los gustos de mi querido hermano (y realicé un funeral a mi bolsillo al día siguiente cuando pagué en el banco), y me avisaron que desde este jueves podía recogerlo, pero eso lo supe hasta el sábado que pasó.
Aún no me queda muy claro cómo es el funcionamiento del departamento de correos, aún y cuando me parece fascinante, pero sabía que lo entregarían en casa si no lo recogía primero, y también tenía presente que podía caer primero en manos de mi hermano.
No podía arriesgarme a tener el regalo perfecto sin poder primero observar su rostro de sorpresa cuando descubra que se lo di yo, así que tendría que ir directamente a las oficinas de correos antes de entrar a la escuela.
Siendo que entro a las dos de la tarde a la escuela, estuve en el centro desde la una, apurándome a comprar un encargo de una amiga primero e implorando al orden de la naturaleza que la dirección que me dio Google Maps fuera la correcta y que las oficinas de correos no estuvieran cerradas cuando lograra llegar allí.
Logré dar con el lugar aproximadamente a la 1:20, tras preguntarle a una señora que no sabía y a otra señora que me dijo que ya me la había pasado. Entré en un edificio con la fachada rústica, pero recién pintada de blanco, lo que le daba la apariencia de un manicomio colonial.
Por dentro había un pequeño pasillo, cuyas paredes parecían más llenas que el lugar, y eso que había cuatro o cinco carteles en total. Había un buzón, como los que parecen existir en cada esquina de las calles de otro país, pero era de color verde; y había una pequeña mesa, adaptada para que pudieras escribir de pie los últimos detalles de la carta que te urge enviar.
Tras terminado el pasillo, recuerdo que al frente hay algo con ventanas y, tras las ventanas, había plantas, pero eso pudo ser mi imaginación. Lo que no imaginé fue que, a mi derecha, había dos paredes con pequeños cuadrados dorados, adornados con un cerrojo viejo, y una ventanilla detrás de la cual estaba una señora atendiendo a otra señora.
Dudaba que estuviera en el lugar correcto, pero al dar la vuelta me di cuenta de que sí había llegado a donde quería. A mi izquierda había una entrada hacia lo que parecía la versión desordenada, insegura y eficiente de un banco. Justo como en los bancos, había tres señoras que parecían decepcionadas de la vida, pero sus ojos indicaban que se divertían en su trabajo por las excentricidades de las que eran partícipes día a día; sin embargo, pareció que no manejan tanto dinero, y no había un orden estricto en todo el lugar.
En parte, ese espacio me pareció acogedor. Me recordó a mi habitación. Había muchas cosas, casi todas envueltas en papel de color café. Había muchos espacios libres de desorden pero, justo como mi cuarto, todo parecía estar en su lugar, a pesar de que mi madre lo diría que "es un cochinero".
Era el único cliente en el lugar, así que fue pronta la atención.
"¿Qué se te ofrece?", dijo una señora, con un tono amable y atento, pero con una mirada que indicaba que era un espécimen extraño en ese lugar.
"Vengo a recoger un paquete", dije, en tono inocente y tratando de parecer despreocupado.
"¿Tienes tu número de guía?", dijo con una sonrisa pícara.
Nadie me había dicho que necesitaba el dichoso número de guía, pero podía acceder a él siempre y cuando mi celular pudiera acceder a mi correo electrónico. Por primera vez en años, parecía que iba a ser posible entrar a mi bandeja de entrada desde mi celular utilizando los datos de los que mi injusto servicio telefónico me provee, pero parecía que iba a durar un rato, así que pedí un tiempo.
"Ahorita vuelvo", dije, señalando a mi celular, "lo tengo en mi correo". Un chiste irónico, ya que estaba en la oficina de correos.
Me di la vuelta, pensando en esperar a que hubiera mejor recepción junto al buzón verde. Sin embargo, encontré, entrando por donde había entrado unos instantes antes, a un chico. Sonreí amablemente cuando pasé a un lado, porque mi prioridad era aún conseguir mi dichoso número de guía ya que había modificado mi ruta para obtener el regalo para mi hermano, pero hubo algo extraño en ese chico que me pareció bastante inquietante. Extrañamente, en el buen sentido.
Debido a mi lenta conexión, tuve un pequeño espacio para enfocarme en el discreto encuentro entre el chico y yo. Otra persona describiría el evento como "oh, fui a correos y no llevaba el número de guía, qué tonto, así que mejor salí para ver si ahí había mejor recepción", pero no soy esa otra persona, y diré que ese chico tenía un brillo extraño en los ojos una vez que me vio, y que eso me puso... no sé cómo explicarlo, ¿nervioso? ¿Estresado, si es que el estrés fuese algo agradable? ¿Curioso?
No tenía idea de qué hacer o decir cuando volviera a la habitación aquella, pero sabía que me encontraría a ese chico. Posiblemente me ignoraría, era lo más seguro, pero al menos podría decir que fui a correos y me encontré a un chico que me sonrió. Eso valía la pena el viaje entero. Pronto me di cuenta que el brillo de mi celular había disminuido; es decir, era mi celular diciéndome: "oye, no me ignores, ya te encontré el maldito número de guía que me pedías con tanta prisa".
Entrando, vi que la señora que me pidió el número de guía estaba atendiendo al susodicho, por lo que me dirigí hacia la primera computadora de izquierda a derecha, donde me atendió otra señora, de apariencia más profesional (pero por "profesional" quiero decir que su mayor fuerte, aparte de llevar a cabo un trabajo eficaz, es hacer cada movimiento con la misma expresión aburrida).
Hay ocasiones cuando ni arrojándote agua para llamar tu atención puedes notar que estás siendo observado, pero esta no era, obviamente, una de ellas. El chico y yo estábamos a un metro de distancia, pero podríamos estar a dos kilómetros y aún así sentir sus miradas. Decidí asomarme ligeramente y ver de qué se trataba todo eso, y ahí estaba el chico, efectivamente mirándome. Y lo más extraño de todo es que no miraba a otro lado cuando lo veía.
Tras teclear unas cosas en su computadora, la señora me pidió la dirección a la que se suponía que el paquete sería enviado y me preguntó mi nombre. Le di esos datos y desapareció para buscar el paquete entre las cosas que había recargadas en la pared. Mientras la señora escarbaba dentro de un archivero, al chico lo atendían, así que era la oportunidad perfecta para observarlo un poco.
Observé que tiene la piel clara, más clara que la mía y que la de las personas que viven en mi hogar, pero posiblemente no tan clara como una prima, que es quien tiene la piel más clara de la familia. No estoy seguro de que sus ojos sean de color verde, pero definitivamente eran de un color claro.
Tenía barba y poco bigote, dándole una apariencia despreocupada, y su cabello estaba un poco revuelto pero acomodado. Parecía que vestía uniforme, y noté que su complexión corporal es similar a la mía, lo cual es perfecto porque aparentemente significa que no es un adicto al gimnasio, que disfruta de un buen bocadillo ocasionalmente y que no tendría que preocuparme por dilemas sobre el físico en caso de que se llegara a dar algo.
No pude observar mucho, pues el chico notó que lo veía y me atrapó con las manos en la masa. Le regalé una pequeña sonrisa y regresé a observar a la señora, aún tratando de encontrar el paquete dentro del archivero.
El chico tenía un ligero aire anodino, pero eso no me molestaba para nada. En efecto, me pareció perfecto todo eso. Era justo como imaginaba que fuera el hombre de mis sueños, pero a lo más a lo que llegaría sería a un par de sonrisas.
La señora encontró al fin el paquete y gritó a los cuatro vientos mi nombre y mi dirección, demostrando que el aburrimiento facial no es directamente proporcional con la intensidad vocal.
"Acá te atiendo", dijo mientras se dirigía hacia la computadora más cercana de donde estaba ella, a dos computadoras a la derecha del chico.
Le pasé por un lado otra vez, y sentí un temblor en el estómago, en la cabeza y en las piernas, aunque este último se pudo deber al cansancio.
"¿Me prestas tu credencial?", dijo la señora, y haciendo unos cuantos malabares, conseguí sacarla de mi cartera y ponerla en sus manos. El chico observó el espectáculo y estaba riendo, pero es una risa que las personas hacen cuando ven a un gatito haciendo algo lindo, y no cuando se burlan de un chico de veintiún años que no puede mostrar su credencial de elector sin hacer un escándalo en miniatura.
Entre miradas del chico y miradas apenadas mías, las señoras nos atendieron rápidamente, y ahora pienso que ellas fueron testigos oculares de todo ésto. Nos entregaron nuestras respectivas cosas y nos dirigimos hacia la salida.
A él lo atendieron un poco más rápido, así que aminoró su paso.
Debido a los nervios o debido a la costumbre, caminé a mi característico ritmo acelerado, y no me di cuenta cuando ya estaba fuera del edificio, cruzando una calle y otra como loco, perdiéndome entre la multitud del centro. Todo eso cuando el plan era tomar el autobús hacia la escuela en contra esquina con la oficina de correos.
Regresé a la parada con prisa. ¿Por qué huí así de un chico con quien aparentemente tenía posibilidades, por más mínimas que fueran? ¡¿Por qué, maldita sea?!
Me desespera aún más escribir lo siguiente debido a lo que no hice, pero continuaré:
Estaba desesperado porque pasara el camión, pero más desesperado por encontrar a aquel chico para mínimo decirle: "hola, cómo estás, éste es mi número...".
Volteé hacia mi derecha y vi que, frente a la oficina de correos, estaba ese mismo chico, recogiendo su bicicleta.
No tardó dos segundos en darse cuenta de mi presencia, porque se detuvo en la esquina que tenía frente a mí, mirándome y esperando a que le regresara su mirada.
Me asomé una, dos, tres, cuatro y cinco veces. En la primera vi que estábamos como a cinco metros de distancia. En la segunda, que posiblemente tendría que moverse de ahí para permitirle el paso a las personas que transitaban por ahí con más comodidad. En la tercera, que se veía lindo ahí de pie. En la cuarta, que parecía que podría esperar mil años hasta que le regresara una mirada de verdad. En la quinta, que me gustaba su sonrisa, por más extraña que fuera.
Supe que tenía que acercarme, pero mis pies estaban clavados en la tierra, estancados de por vida. A mi izquierda se acercaba el camión que me llevaría a mi destino pero, a esas alturas, quería que mi destino fuera platicar con el chico que tenía a mi derecha.
"No, ¡no se muevan hacia allá!", le gritaba a mis pies, por dentro, mientras caminaban hacia el camión.
Le esbocé una sonrisa al chico, cuando el camión comenzaba a detenerse, y noté que, aunque parecía imposible, su sonrisa se ensanchaba y se hacía más sincera. Sin embargo, cuando mis pies tocaron el primer escalón del autobús, el chico había desaparecido, con todo y su bicicleta.
Tomé asiento y lo único que pude hacer fue cubrirme la cara, gritar en silencio y repetirme que, si es que lo vuelvo a ver, le hablaría, le pediría su número, le daría el mío y, si veo que me agrada, casi hasta realizaría la gestión necesaria para tener una cita con él.
Claro, todo eso si sucede de nuevo un encuentro. Aunque me digan que siga la ley de la atracción y que pase mis horas repitiéndome que lo voy a encontrar, parte de mí dice que no es probable, y que desperdicié una de las mejores oportunidades de mi vida.
Nada me asegura que el chico sea el indicado para mí, o que se trate de un asesino serial, que tenga cuarenta años y esposa, o que sea un asesino serial de cuarenta años y con esposa. Lo que no sale de mi mente es la idea de que, se hubiesen dado las cosas de manera diferente, las cosas serían diferentes justo ahora.
Por supuesto que el chico no hizo un mayor esfuerzo en acercarse a mí, pero siento que me correspondía aceptar su "primer paso" para que él viera que estaba abierto a conocer a alguien. No puedo esperar a que las personas sepan cómo actuar conmigo si no les doy una pista.
En vista de la necesidad, a partir de mañana mi ruta para llegar a la escuela cambiará y tomaré el camión en esa parada, esperando que el chico, con bicicleta o sin ella, pueda pasar frente a mí de nuevo.

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