16 abril, 2014

Sin mirar atrás.

De alguna manera extraña, me estoy dando cuenta de que en realidad estoy creándome excusas para no escribir.
Comencé ayer con mi hermano, diciéndole que viéramos un par de episodios de una serie de televisión, luego vimos una película, después vi solo un episodio de otra serie, cené, vi otra película con mi hermano y, aunque ya era casi la una de la mañana, terminé viendo un capítulo de una serie.
Estaba tratando de gastar el tiempo, no pensar, y es que en estos últimos días no he hecho más que estar en silencio con mi mente.

Dirán: "¿cómo tuviste tiempo para pensar si estabas de viaje con tu familia a un pueblo excesivamente religioso? Tuviste tiempo para concentrarte en dejar de lado tus sentimientos encontrados acerca de la iglesia bajo la que te criaste y enfocarte en el tiempo con tu familia". Sin embargo, ignoraba que todos irían dormidos en el viaje (tanto de ida como de vuelta), que también es fácil escabullirse de las masas en los lugares pequeños y que suelo dormir más tarde porque no concilio el sueño pronto.
No sé por qué le tengo miedo a estar en calma conmigo mismo. ¿Me odio? Quizá, pero no creo ser capaz de terminar con mi vida antes de tiempo. Creo que no me gusta estar conmigo.

El día del eclipse lunar, mi papá y yo lo vimos desde el patio trasero en mi casa. Duró bastante tiempo y, aunque me pareció hermoso, entraba y salía para verlo, mientras que mi papá estuvo de pie, observando cómo se iba la luna, alrededor de cuarenta minutos.
No hacía frío. Me gusta pasar tiempo con mi papá, aunque en ocasiones me desespere no saber qué decir con él. El cielo se veía increíble. Pero me di cuenta, durante el primer medio minuto que estuve allí afuera, de que tenía que salir de ahí y volver a mi cuarto, donde estaba mi ruidosa computadora encendida, a perderme durante un rato en Internet hasta que la luna desapareciera más.

En la iglesia principal, en el lugar que visité con mi familia, había, en la pared, un hueco donde las personas colocaban cartas, fotografías y asquerosos mechones de cabello como agradecimiento a la virgen de la parroquia.
Muy pocas carecían de errores de ortografía, sin importar que las hayan escrito en un procesador de textos que marcan los errores. Algunas cartas -porque se les puede considerar así debido a la longitud-, eran incomprensibles, pero por el texto y no por la letra.
Había rostros desconocidos, de todas las edades, inmortalizados en fotografías que esperan perdurar eternamente en ese rincón.
Bebés, señores que podrían ser mis jefes algún día, jóvenes parecidos a mis compañeros, niños que podrían ser mis sobrinos. Algunos muertos, otros podrían estarlo por la fecha que tenían escrita.
"Gracias virgencita por haberme curado de mi enfermedad".
"Gracias señora por salvarme".
"Te agradezco por siempre que hayas estado conmigo".
Papeles de colores opacos, dibujos infantiles hechos tiempo atrás, garabatos que bien fueron realizados por niños de primaria o por viejitos muy ancianos.
"Te agradecemos por haberlo salvado", decía al pie de una fotografía con un señor sonriente que montaba su bicicleta, "aunque no pudo llegar contigo".

Cuando desayunamos el domingo, fuimos a un pequeño restaurante, escondido frente a la plaza principal. Recuerdo que cada año, desde la primera ves que fuimos, vamos a ese lugar, donde la comida es buena y barata, aunque parece que soy el único que siente que algo falta cuando estamos ahí.
Pedimos comida y algo de beber, y llegaron primero los líquidos, como de costumbre.
Jugo de naranja para mis hermanos, leche con chocolate para mí porque se me antojó en cuanto la vi en la carta, y café para mis papás. Mi tía no pidió nada.
El jugo estaba muy rico, dijeron mis hermanos, pero pensé que no es muy difícil hacer que un jugo de naranja sepa "rico" cuando las naranjas están en temporada.
No probé mi bebida, porque quería tener algo cuando llegara la comida.
Mi tía sacó unas galletas de su bolso y comenzó a comerlas, alegre de haber desayunado previamente.
Mis papás vieron con asco a su café en cuanto lo pusieron frente a ellos. Mi papá llevó la taza a su boca y con el primer sorbo sabía que él ya odiaba a la bebida que tenía frente a sí.
"Está frío".
"Y dulce", añadió mi mamá.
Mi mamá parecía disgustada, pero mi papá daba a entender con la expresión de su rostro que estaba teniendo el peor día de su vida.
No pude evitar sentirme culpable por ello, aunque ni siquiera me había acercado al maldito café.

El día anterior, en la iglesia hubo una boda.
El novio era muy moreno y alto, y la novia tenía cara de ser una maldita desgraciada.
Mi hermana, mientras un conjunto musical tocaba una canción de la iglesia, observó: "no se quieren".
"¿Crees que se casen por conveniencia?", musité.
Ella asintió.
Comenzó la comunión y observamos que, mientras él lucía nervioso, ella parecía disgustada.
"Pobrecita", dijo ella.
"Pobrecito", dije yo.
Comenzó la parte donde el padre dice lo que los novios tienen que decirse el uno al otro y ellos lo repiten. Cuando el novio habló, sentí que se trataba de una persona inculta pero rebosante de dinero. Me reí porque imaginé que uno de mis alumnos más irregulares puede ser quinientas veces mejor que él, pero me sentí mal porque pensé que estaba considerándome superior a otro.
Cuando tomaron las fotografías, después de la misa, toda la multitud presente fue espectador de cómo la novia sonreía solamente cuando iban amigos suyos. Ni siquiera levantó las comisuras de su boca cuando la fotografiaron con los padrinos, quienes tenían finta de ser los financiadores de todo el evento.

Mis primos me convencieron de ir a un lugar llamado "la cruz de algo", no recuerdo bien el nombre.
Acompañado de cinco primos y mi hermana, y tras escuchar la frase "te los encargo" de cada una de sus madres, subimos varias escaleras, tomamos varias fotografías y escuché varias pláticas de novios y novias.
Cuando nos cansamos, regresamos a la plaza, les compré raspados que, aunque baratos, estaban demasiado dulces y un poco malos.
Una prima regresó al hotel, se enojó y se quedó, pero una tía me encargó a su hijo, un primito bastante curioso.
"¿Tienes novia?", me preguntó un primo, cuando estábamos caminando por una zona llena de puestos, donde vendían nada más que dulces y juguetes baratos que se descomponen al tercer día.
Me preguntaron eso más de tres veces y decidí dejar de olvidar la cuenta al final de la tarde. No quería ver a mi hermana cuando me preguntaban eso.
Mi primo, el más pequeño y observador, dijo: "¿por qué todos hablan de novios y novias?".

Bajo la iglesia, mientras trataba de escapar a la misa que me habían obligado a asistir, encontré una habitación con dos paredes en donde descansaban  lo que parecían ser elegantes casilleros de mármol. Rectángulos de forma casi cuadrada, no más grandes que una televisión mediana.
Muchos tenían una pequeña placa dorada o plateada, con un nombre grabado en ella.
El de una señora decía su nombre, y bajo de éste, sus fechas de nacimiento y defunción:
18 de marzo de 1941 - 21 de diciembre de 2013
Pensé, "nací el mismo día que esa señora, pero en un año diferente y, de alguna manera pensé, un pensamiento irracional, que pude haber tenido un vínculo con esa señora, aunque llevaba casi cuatro meses muerta.

Caminando entre los puestos del pueblo, mi hermano y yo vimos a los novios, aún vestidos como estaban en la iglesia. Caminaban con calma, aunque todos se les quedaban viendo.
Mi hermano y yo pensamos que fue lo más extraño que habíamos visto en ese lugar, y eso que ahí venden rompope de sabores.

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