15 enero, 2013

Ahora no.

Antes de que lo olvide: Nunca me di cuenta de que la entrada anterior era la número trece. Me encanta el número trece, su simplicidad, su miedo, su presencia, no lo sé, tiene algo. Me hace sentirme mal porque la entrada anterior debió ser edición especial o algo así, pero considerando la frecuencia con la que escribo, cada entrada es una edición especial de mi vida. Es como una parte no-destacada de mi vida que quiere ser inmortalizada en la red.
Esta vez escribo no porque siento que estoy en la parte profunda del hoyo de la depresión, sino porque siento que estoy balanceándome en la orilla del mismo. Hubo algo ahora que al despertar me dijo que sería un día no tan bueno como los demás.
Para comenzar, desperté bastante tarde. Escuché varias veces la alarma, pero la ignoraba porque me sentía cansado, a pesar de que tengo la fuerte convicción de que cuando suena la alarma debo de estar de pie. Me sentí como basura porque no avancé en nada de la escuela (y tengo bastante trabajo) y porque me di cuenta de que el día prácticamente ya había terminado, porque tenía que prepararme para ir a la escuela.
Cuando me subí al transporte que tomo para llegar a mi amada escuela subió una amiga conmigo y supe que las cosas no iban bien cuando no me quité los audífonos de mis oídos para platicar un rato. Como si fuera poco, saqué un libro de matemáticas para adelantar unas tareas y puse canciones de The Smiths en mi iPod. Lo peor del caso es que ella no se callaba. Entiendo que es mi amiga y todo, pero no vio que necesitaba inexplicablemente estar en soledad un rato, porque creo que desgraciadamente soy de esas personas que necesitan más tiempo a solas que el resto de la humanidad normal.
Como en la primera clase. La maestra nos puso a resolver unos problemas y nos dijo que nos distribuyéramos en equipos máximo de cinco personas. En el equipo donde casi siempre estoy somos normalmente seis personas, por lo que decidí decirles que no me sentía bien y que haría el trabajo solo.
Eso asustó un poco a mis amigos, pero no quise lidiar con explicaciones, con hacer caras malas, con ofender a gente o con sufrir. Mejor hice el trabajo en la mitad del tiempo que usaron el resto de mis compañeros y sin tener que perder tiempo platicando de cosas que normalmente no me interesan. Sólo con uno del equipo siento que me gusta pasar el tiempo esporádicamente, pues nos molestamos mutuamente, jugamos como infantes y hacemos ñoñerías.
De hecho, fue él quién me preguntó qué tenía, que parecía que había perdido la chispa que siempre estaba presente conmigo otros días. Eso me dejó sin aliento. Puede que él no sea la persona más sensible o sensata del universo, pero se atrevió a decirme lo que todos estaban notando, no con tal de molestarme, sino con tal de sacarme del abismo. Si no fuera por el hecho de que tiene novia y que son aparentemente felices juntos, me gustaría salir con él. Hasta me imaginé una historia de eso que estoy planeando escribirla algún día, tal vez después que logre terminar la que tengo en puerta.
La clase después del receso logró empeorar un poco las cosas, para acabarla. Me agradan las clases de ese maestro porque al menos intenta ponernos a pensar, aunque a nadie más le gusten sus clases y nadie se calla la maldita boca durante sus clases. Bueno, hoy estábamos viendo un par de cosas interesantes y, de repente, el maestro menciona un fenómeno llamado burnout, que consiste en el desgaste de la persona que trabaja en ambientes donde interactúa con personas y básicamente comenzó a describir todas las cosas que sentía en el momento.
Lo que más me hizo a pensar fue cuando dijo que las personas que sufrían de eso sentían que habían perdido un lugar en este mundo. La escuela había dejado de ser un lugar de refugio porque los montones de sentimientos reprimidos ya tenían que salir y el hogar había dejado de ser la guarida donde te podías sentir seguro o mínimo en paz. Pensando bien mi comportamiento de los últimos tiempos, encontré que esa es la razón por la que voy constantemente al campo o a dar la vuelta en horarios incongruentes.
Me hizo pensar en mi, en qué pasaría si mi vida terminara de repente. No me gusta hablar de ello, porque me prometí que jamás lo haría por el bien de la humanidad, porque las personas que lo hacen son las que se rinden, pero al fin estoy comprendiendo por qué Hannah Baker decidió terminar con su vida en Thirteen Reasons Why. No he pasado ni por la mitad de mierda que ella, pero ya he comenzado a despedirme poco a poco sin darme cuenta.
Esta entrada no es un llanto que exige atención ni una amenaza a la humanidad, pues si de repente decidiera terminar con todo la vida continuaría sin detenerse. Es más bien una carta hacia todas las cosas que trato de comprender y evitar cuando debería disfrutar y enfrentarme a todo. Una agridulce prosa sobre lo que siento y de la cual espero obtener una gran sonrisa algún día cuando tenga cuarenta y nueve años y encuentre de casualidad este sitio.
Hice un pacto conmigo mismo. El trato es que me mantendré con vida al menos hasta haber terminado mi trilogía del desencanto ("Alrededor de mi mundo", "El escape de tu mirada" y "Tú y yo somos mejores", títulos tentativos y provisionales), hasta haber visto Evil Dead en el cine y hasta besar a alguien más. Espero que esas cosas me hagan reconsiderar todo lo que pienso ahora. Darme cuenta de que lo que siento era algo de un mal día, pero tengo sueño y no puedo dormir. Estoy cansado y no puedo con el estrés de mi frágil vida personal. No dejo de preguntar el por qué con respecto a cosas que no tienen respuesta y desaprovecho el tiempo que tengo y que debiera utilizar de forma más eficiente. Ni siquiera tengo agallas para terminar con mi vida de una vez por todas, aunque quiero acabar con todo de una vez por todas.
Sin embargo, hoy no. Ahora no es el día.

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