Irónicamente me vienen las ideas cuando necesito estudiar o hacer tareas, por lo que en estos días me estoy convirtiendo en un inspirado poeta/escritor/genio (o al menos así me trato de ver). O es eso o es la alergia y los poco más de dos litros de agua que estoy tomando a causa de ella lo que me hace reflexionar un poco más las cosas. Creo que es mi mente tratando de poner excusas para no estudiar.
En fin, cada día me siento de forma diferente. Es como si mi cerebro al despertar dijera "¿ayer fue el día de la tristeza? Ahora será el día de la hipocresía", cada día cambiando cada cosa. Me odié demasiado el día de la depresión, al menos no ha aparecido el chico de gris.
Ahora, mi bello cerebro ha decidido ser un poco más positivo y decidió pensar en el amor, pero como no todo es de colores en mi vida, decidió agregarle un toque agridulce a la mezcla, pues no ha sido una perspectiva tan alegre del amor y tampoco me sentí con ganas de comprar miles de flores, dulces y regalos al mundo, me dediqué a analizar el amor, el de pareja para ser más específico.
Esa clase de amor que todos conocemos, hemos sentido o hemos aspirado a vivir es un concepto bastante ambiguo que se ve cada vez más afectado por la percepción que tiene la sociedad del mismo y por el montón de medios que intentan decirnos cómo creen que es en realidad mientras fallan miserablemente.
Sin tratar de culpar a nadie (propósito implícito de año nuevo para el resto de mi vida), ¿quién no sueña con tener un romance de película donde un chico bailara Try A Little Tenderness en una tienda de discos sólo para llamar su atención, donde una persona haría locuras para demostrarte su amor, encontrarte a un completo extraño en un tren y disfrutar una noche entera a pesar de saber que tal vez no lo volverás a ver en tu vida. Lo agridulce del asunto es que ponemos las expectativas demasiado alta en la vida real debido a ejemplos como esos.
Acabo de cerrar la ventana de Facebook en mi explorador y, mientras mi poderosa computadora tardaba en cerrar dichosa ventana, alcancé a leer un estado de un 'amigo' a quien no conozco en la vida real y con quien ni siquiera he establecido contacto alguno, pero lo reconozco entre mis amigos desconocidos de la red social porque es el chico ilusionado que escribe muchos estados sobre la chica perfecta, sobre la ilusión del amor y sobre la película (500) Days Of Summer, la cual confieso haber odiado la primera vez que la vi (mejoró un poco desde entonces).
Ese tipo me pone triste para ser sincero. Cada que pone algo relacionado con el momento que conocerá a su chica ideal me dan ganas de escribirle un comentario diciéndole que despierte un rato de su pequeño sueño mientras puede, pues he estado allí y no es bonito lo que comúnmente nos sucede a los mortales después de tanta fantasía.
Eso es precisamente lo que sucedió con mi primera relación semi-oficial (nunca llegamos a ser novios con toda la extensión y poder de la palabra). Se los contaré como una triste pero entretenida historia para dormir:
Érase una vez, en un lugar tan misterioso que las personas tenían que evitar mirarse a los ojos, había un chico pálido que temía constantemente porque sus ojos eran azules y no cafés como debería ser. Vivía triste y escondido, inmerso en su propio mundo donde no podría ser herido jamás. Caminando por el viejo sendero, se encuentra con un chico, al que jamás había visto antes. No le llamó la atención y parecía que sería un chico más en el lugar, pero cuando descubrió que también tenía los ojos tan azules como el zafiro, decidió hacer contacto visual y conocer a ese chico. La emoción por haber descubierto a otro chico que compartía la característica prohibida fue incontrolable y el misterio por conocer a ese otro chico aumentaba minuto a minuto. Sin embargo, tiempo después de conocerse, ambos se dieron cuenta que estaban jugando con las reglas absurdas de los demás de ojos cafés y se odiaban secretamente por lo mismo, pues ambos sabían que esas reglas estaban totalmente equivocadas, llevándolos al camino de la desolación y el destierro.
En conclusión: el chico con el que salía hace ya tiempo siempre tenía esperanzas e ilusiones, lo cual está totalmente bien para mi. El problema estuvo en que sentí que esas expectativas eran imposibles de ser alcanzadas, al menos por una persona como yo. No digo eso por devaluarme ni algo por el estilo, pero siento que ambos habíamos visto tantas escenas románticas que recrear una se había convertido en una tarea prácticamente imposible, aunque hayamos llegado bastante cerca.
Puede que esté algo decepcionado de lo que la vida tiene escondida para mi o tal vez siento que mis posibilidades de conocer a alguien que se pueda convertir en una persona así de importante para mi son bastante escasas considerando que voy a la escuela en la tarde y mi tiempo libre se reduce a una fracción de las noches cuando no tengo tarea por hacer. Aparte de que no vivo precisamente en la capital (es decir, el único lugar donde parece haber chicos con quienes salir) y, si es que los hay, los chicos con quienes salir que viven cerca de mi se esconden en una cueva similar a la mía.
A estas alturas de mi vida, a pesar de ni siquiera haber llegado a los veinte años de edad, he perdido la esperanza de caminar por la calle espontáneamente con un cono de helado en mi mano y ver a lo lejos a una persona que sobresale entre la multitud. Me parece imposible que esa persona se acerque sin querer hacia mi, que choque conmigo, que me tire el helado y que al hacer contacto visual conmigo me invite a tomar uno con él. Si a esto le agrego que el chico tiene que ser soltero, homosexual pero no muy extravagante o vistoso, de preferencia guapo y con gustos musicales, fílmicos, televisivos y ortográficos similares me parece totalmente irreal, siendo honesto.
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