08 marzo, 2014

Desaparecido: una breve conversación.

“Hola”, decía el mensaje que había escrito E.E.
Si me había desconcertado el hecho de que me aceptara tan rápido, al ver ese mensaje suyo ya estaba un poco confundido.
“Hola”, escribí, dándome cuenta de la poco interesante dirección hacia la cual llevé la conversación hasta el momento.
Estuve unos minutos observando el ordenador, en busca de señales que me indicaran qué escribir, esperando a que él tuviera suficiente sentido común como para discretamente eliminarme de su lista de amigos, o al menos para iniciar una conversación breve.
Me sentí aún más fuera de lugar cuando noté que la página me indicaba que estaba escribiendo algo y, luego de un rato, el mensaje desapareció, pero no recibía mensaje alguno.

Pensé que mi conexión estaba fallando, que su conexión estaba fallando, o supuse que la ambigüedad de mi respuesta era demasiado para él. Compro bé que seguía conectado al recargar la página, pero lo único que veía era nuestros saludos. En toda la enorme pantalla, ignorando los detalles que se muestran en Facebook, lo único que veía era la fotografía de un actor porno diciéndome “hola”, y a mi imagen regresando el saludo.
“¿Cómo te va?”, apareció de repente frente a mí.
Siendo un conocedor de las conversaciones en línea, el “¿cómo te va?” siempre me pareció una pregunta bastante extraña cuando se hace entre extraños. Esa pregunta te invita a responder automáticamente con “bien, ¿y a ti?”, para después recibir un “bien” y a partir de ahí terminar crípticamente con la conversación o comenzar a hablar de algo en particular.
Normalmente trato de responder algo menos trillado, o al menos agregar algo como “bien, estoy comiendo”, o “bien, me lavo los dientes”, pues hace a la pregunta un poco menos incómoda, pero no me sentí muy creativo en el momento.
“Bien, ¿y a ti?”.
“Bien”, respondió casi al instante.
Fue agradable la inesperadamente inmediata respuesta pero, al no esperarla me atrapó con la guardia baja y no sabía qué escribirle después. Su “bien” había sido lo último escrito, así que, de acuerdo a las reglas implícitas de las conversaciones escritas, me correspondía escribir lo siguiente.
Debatí durante unos momentos si debía escribirle lo que pensaba sobre su imagen, así que decidí utilizar el estándar de una conversación virtual típica.
“¿De dónde eres?”
“Del estado vecino”, de nuevo respondía muy rápido, “¿y tú?”
“De un lugar que está a cuarenta minutos de la ciudad”.
Abrí su perfil para corroborar la información y encontré que su página decía que era de la ciudad.
“¿No eres de la ciudad?”, pregunté.
“De ahí soy, pero acá vivo por el momento”. Tras una pausa breve, continuó escribiendo: “visito la ciudad con frecuencia”.
“¿Tienes familia aquí?”
“Sí, allá he vivido toda mi vida”.
Había algo, aparte de su foto de perfil, que no concordaba completamente. Tenía el oscuro presentimiento de que el chico mentía acerca de algo, así que tenía que indagar un poco más, o encontrar una manera respetuosa de decirle la verdad
“Están padres tus fotos”, escribí.
“¿Te gustan?”
“Sí”, respondí mientras una malévola sonrisa se dibujaba en mi rostro, “creo que las reconozco de algún lugar”.
“Soy modelo”.
Por supuesto que era modelo. Claro.
“¿Eres estudiante?”, escribió.
“Sí”.
“¿Qué estudias?”
“Estudio para ser maestro de matemáticas”, respondí mientras trataba de averiguar la manera de que soltara la sopa.
No recuerdo qué me respondió... a decir verdad apenas y recuerdo la estructura básica de la conversación que tuvimos. Sé que me dijo que estudiaba algo él también, pero no recuerdo qué en específico. Y también estoy seguro de que mencionamos que somos de la misma edad, pero no podría decir su fecha de cumpleaños ni aunque mi vida dependiera de ello.
“Oye”, comencé escribiendo nerviosamente, “creo que sé dónde he visto tu fotografía”.
Las respuestas inmediatas habían desaparecido. La página volvió a indicarme que había escrito algo, pero seguramente decidió borrarlo a último minuto.
“¿En serio?”
“Sí, las vi en una página porno”. Sentí la adrenalina, y parte de mí sabía que me ignoraría por completo si continuaba la conversación por ahí, pero decidí atreverme a escribir: “y sé que no eres tú el de las fotos”.
Como era de imaginarse, ya no me respondió después de eso.

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