Ésta no es la última vez que escribiré en este bello y pequeño espacio que ha sabido de primera mano sobre mis desamores, mis miedos y mis pensamientos. Sin embargo, si digo que es "lo último que sabrán de mí" es porque, hasta cierto punto será lo último que sabrán de mí, escrito por mi persona de veinte años.
Mañana es mi cumpleaños número veintiuno, y no puedo estar menos emocionado porque llegue el día.
Muchas personas, en mi lugar, se sentirían ansiosos de la emoción porque llegue tal fecha. Imagino qué estarán pensando y encuentro abrazos, felicitaciones, seres queridos tratando de alegrar tu día (lo estés o no pasando muy bien), regalos, felicidad.
Pienso eso y me gusta. El pensar en que llega una fecha en la que te puedes engañar un rato haciéndote pasar por la persona más importante del universo en ese momento es tentadora, cuando menos, pero también pienso en que hay personas que están gastando su dinero en cosas que no importan tanto, que es un esfuerzo muy grande el que están haciendo algunas personas, o que otros no lo ven así; siento que no merezco lo que recibo.
Veo rostros sonrientes, personas apreciadas, gente haciendo un lindo gesto, y no me gusta. No disfruto estar de pie frente a un pastel que luce delicioso y que sé que no debería comer, mientras me felicitan con una canción.
Hay algo en los abrazos que simplemente se siente mal. ¿Por qué me abrazan? Es agradable ser abrazado, pero también es agradable mantener intacto mi espacio.
En serio, no sé qué es lo malo de cumplir años. No me pesa envejecer. Me gusta recibir detalles. Es agradable saber que hay personas que recuerdan cuándo naciste (y más al estar relativamente alejado de las redes sociales). Pero si se atreven a cantarme "Las Mañanitas" en mi grupo, casi puedo jurar que saldré corriendo del lugar.
Se supone que es una fecha para celebrar, pero no encuentro muchos motivos para hacerlo. ¿Celebrar por cumplir otro año de vida? ¡¿Por qué tenemos que esperar a que pase un año para celebrar la vida?!
Quizá se pueda argumentar que se celebren los eventos sucedidos durante el año anterior. Tal vez. Sin embargo, tengo por seguro que no sé si sea conveniente celebrar el haber ilusionado a dos chicos y haber tenido una corta relación basada en el sexo con otro, comportarme durante 365 días como un egoísta adolescente, dejar en espera la supuesta historia que siempre quise escribir para cumplir mi sueño de ser escritor, alejarme de mis mejores amigos, acosar chicos que por dentro sé que no son homosexuales, comportarme como un idiota la mayor parte del tiempo, ser expulsado del clóset por el primo a quien aún no quiero volver a ver, o sentir como si a veces estoy actuando como alguien que no soy.
Para ser sincero, no fue un gran año. Pensé que no notaría un gran cambio al cumplir los veinte, pero sabía que las cosas no iban a seguir de la misma manera y, por primera vez en años, mis instintos estaban en lo correcto. Había algo más que cansancio y sueño aquella mañana, un año atrás.
No diré que crecieron partes de mi cuerpo, o que de repente entendí cosas que no entendía antes (y que probablemente todavía no entiendo), pero algo pequeño había cambiado, y parece que fue la manera como me veía a mí mismo, la cual se transforma día a día.
Fue difícil darme cuenta de que había cosas que repudiaba de mí que sabía que se mantendrían, y que algunas cualidades que poseía se desvanecerían con el tiempo. Sabía que no siempre hacía lo correcto, pero tardé para descubrir que habían sido mis decisiones y mis acciones. Dolió verme al espejo y encontrar que ese desgarbado, torpe, desaliñado y curioso chico con un par de kilos de más seguía sin agradarme, pero al menos ya me atrevía a mirarlo, y el reflejo ya no estaba dispuesto a juzgarme.
Mejoré mi relación con mis hermanos, conocí a personas muy interesantes, creo que me enamoré, me va de manera excelente en la escuela, descubrí My Mad Fat Diary (y soy demasiado feliz por ello), reí, escribí, leí, lloré, sufrí, bailé, coqueteé, comí, canté, corrí, me angustié y viví, y aunque sé que no necesito cumplir años para darme cuenta de que mi vida no apesta tanto como en ocasiones me hago pensar, sé que lo disfrutaré tanto como sé que también lo querré evitar.
Eso sí, también presiento que, si todos me llegan a ignorar el día de mañana, terminaré actuando como Molly Ringwald en Sixteen Candles. Esperemos que, de ser ese el caso, la situación venga acompañada del respectivo Jake Ryan.
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