Querido diario de un chico que extrañaba teclear "querido diario" al inicio de una entrada de blog con tal de encontrar la inspiración necesaria para comenzar a relatar brevemente una historia (o serie de historias): disfruté de mi día.
Por supuesto que una amiga hizo una mueca cuando respondí su "que cumplas muchos más" con un "pero no tantos", otra amiga se extrañó cuando mencioné que no quería que gritaran al mundo que hoy cumplí años y noté la expresión de alarma que dijo una tercera amiga cuando comenté brevemente que comí solo.
Logré el propósito de tener un cumpleaños discreto. Quien me felicitó fue por que lo recordó, porque alguien le acordó o porque les pareció extraño que las demás personas me estuvieran abrazando sin razón aparente.
Fue un extraño experimento el de pasar desapercibido, a comparación de años anteriores en los que parecía que alguien me había puesto durante veinticuatro horas un cartel en la frente que decía "ES MI CUMPLEAÑOS, FELICÍTAME".
Me pareció bastante gracioso cómo, una compañera, lo primero que hizo cuando me vio fue pedirme la tarea, y cómo varios no supieron que había nacido hace veintiún años hasta que una amiga me felicitó o hasta que me vieron sufrir por un rato mientras me cantaban las malditas "Mañanitas".
Agradezco el gesto del maestro y de mis compañeros (aunque sé que muchos lo hicieron simplemente porque es mil veces más disfrutable cantar esa cosa insufrible a comparación de un examen), pero secretamente sentí como cuando recibo un regalo que no me gusta y lo recibo con una sonrisa, sabiendo que acabará guardado hasta mayor aviso. Me parecen agradables (y graciosas, en el caso señalado en el paréntesis anterior) las intenciones de los cantantes, pero hay algo en mí que se estresa tanto mientras están cantándome que termino con las encías a punto de sangrar por la presión que hago con mi mandíbula.
Es extraño ser yo en ese aspecto. Desde siempre, una de mis mejores amigas de la preparatoria insistía en que debía aceptar un poco más que no se cumplen años todos los días y trataba de verme sonreir durante el satánico cántico mañanero.
Acepto los abrazos con muchísimo gusto, las felicitaciones y los pequeños festejos que organizan mis papás los aprecio con agradecimiento, la comida la agradezco con infinita admiración y hambre, y los regalos me agradan, sean o no algo que satisfaga mis necesidades o gustos. Sin embargo, la parte de mí que viste negro día y noche, fanático de los vampiros y que responde con un doloroso sarcasmo ofensivo ante cualquier pregunta o afirmación dirigida hacia mí, sabe que prefiere ver una película entretenidamente mala antes de festejar.
Hoy vi en el rostro de mi mejor amiga de la preparatoria en aquella amiga a quien le pedí discreción sobre mi cumpleaños, cuando le insistí después que no me apetecía festejar. Así como mi amiga en la preparatoria, ella insistió en que saliéramos a festejar a algún lado, no importa que estuviera a cinco centímetros de distancia, pero me rehusé. En parte me imagino qué hubiera sucedido de haber aceptado la propuesta, pero en verdad no quería festejar.
Es como el dilema de San Valentín, del día de las madres, del día del niño y de muchos otras festividades: ¿por qué se necesita de una fecha específica para comenzar a festejar y a felicitar la vida cuando podemos hacerlo a diario, no importa que sea de las maneras más sencillas y sutiles?
Al final de todo, puedo decir que tuve un excelente día. A la hora de la comida compré comida china de un lugar que me gusta, pasé un rato observando las películas y los discos en una tienda departamental, vi a algunos familiares y recibí llamadas y mensajes de amigos y más familiares que creí que no recordarían que cumplo años hoy.
Aparte, alguien me regaló un libro bastante prometedor (aunque me intriga que supuestamente nadie en mi casa sabe de dónde provino tal obsequio) recibí un agradable abrazo de mi ex interés romántico a quien me le declaré cuando estaba en primer año de mis estudios superiores, el chico de los dulces me dio otro que se sintió bastante sincero, un chico me habló hoy de manera curiosa y estoy orgulloso de que no me sentí en un modo acosador como suele suceder, y sentí que hay personas que me quieren, o que al menos se preocupan por mí.
Quizá no esté mucho a favor de festejar los cumpleaños en grande, e insisto sobre la relevancia del dilema de las festividades, pero desde que tengo uso de mi razón, sé que el cumpleaños de una persona es un día en el que tal individuo debe sentirse querido o apreciado. Y puedo decir que me sentí tanto querido como apreciado.
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