13 diciembre, 2011

Historia forzada e inconclusa de un individuo temeroso.

La parte más difícil para mí (en todo en mi vida) ha sido comenzar. También es difícil continuar, pero nada es tan retador como el comienzo. Incluso ahora, no sé cómo comenzar mi escrito, y me siento mal porque pasaron un par de cosas que hicieron que mi día cambiara drásticamente. Entonces dejen les cuento sobre mi día y sobre mi vida.
Primero, estaba emocionado y algo cansado al pensar que sería lunes de escuela y, aunque estoy en el turno vespertino, me sentía cansado y somnoliento en la mañana. Mi padre no trabaja los lunes en la mañana, por lo que seguía dormido mientras yo desayunaba y en lo que iba a revisar que no hubiera ropa por tender en la lavadora. Sí, se podría decir que me encargo del aseo de la casa desde que estoy sólo en esa escuela.
Antes iba en las mañanas a estudiar a otra escuela una carrera totalmente diferente, pero hace cerca de un mes desistí de la misma por razones que se pueden resumir en las siguientes palabras o frases: cansancio emocional, desgaste mental, ganas de tener una vida social (extraescolar), desinterés y muchas más. Y dejen menciono que eso sigue igual, sólo que ahora es provocado por diferentes razones.
Ahí entra el por qué de que no les diré a mis padres nada sobre mi orientación sexual hasta que esté casado o tenga un lugar propio para vivir y un sueldo con el cual pueda mantenerme con vida. Todo eso es por su reacción al dejar una carrera. Mis padres nunca estuvieron cómodos con la idea de que fuera maestro. De hecho nunca estuvieron cómodos de que fuera algo inferior a médico o ingeniero, y sus esperanzas siguieron intactas cuando mi promedio en la preparatoria era el mejor de toda la escuela (algo que no considero motivo de alegría ni de presunción). Al igual que la mayor parte de mi familia materna, no querían que 'desaprovechara' todo el potencial que tenía haciendo algo mundano, cotidiano y que era tan trillado. De hecho debo mencionar que a mi familia paterna puede que le haya importado o puede que sólo haya sido pura hipocresía, me da igual lo que piensen de ello.
Y si eso fue lo que pensaban de mi mis propios padres (que me engendraron, me criaron y me vieron crecer) al abandonar una carrera que no me gustaba, sinceramente, imaginen conmigo lo que sentirían ellos si les dijera que me gusta lo que no me debe de gustar. Recuerdo vívidamente el proceso aún totalmente inconcluso que tuve que pasar para que me pudieran seguir reconociendo como su hijo. Trabajo árduo en la limpieza del hogar, trato amable, hacer cosas que no quería hacer en tiempo y forma que la pedían, ser como un robot que sólo les obedecía sus órdenes, llorar por las noches, hasta evitar masturbarme para sentir un castigo casi divino.
Lo único que pienso es que me correrían de la casa sin mis pertenencias y no me dejarían volver. Tal vez primero traten de hacerme entrar en razón y tal vez siga fingiendo que me gusta algo que no me gusta hasta que suceda algo que forze las cosas a un final (como con la carrera).
Quisiera que volviera todo como antes, pero eso no es posible, lo sé. Ya puedo lograr una conversación amena y poder mirarlos a los ojos a los señores, como ahora con mi papá cuando fue a desayunar. Después de tratar de ayudarlo dándole opciones sobre qué comer me puse a hacer mi tarea y tomé un largo baño con la música de mi iPod (curiosamente me detuvieron la música cuando mi aparato sonaba 'Survivor / I Will Survive', ustedes saben que la última es una especie de himno gay aunque la letra es de una mujer dándole una lección a su ex-novio de que puede vivir feliz sin él), hice mis tareas, más cosas de la rutina y me dirigí a la escuela.
En el camino a la escuela radica uno de los principales problemas de éste servidor: no soy bueno socializando con las personas, en especial con los de mi edad. De hecho, creo que esto aplica sólo para los de mi rango de edad. ¿Cómo lo comprobé? Bueno, me encontré a uno de mi clase en el camión que me lleva a la escuela y, a pesar de que no fue una conversación horrenda, había momentos de silencio. Y no eran momentos de silencio románticos, eran silencios incómodos, donde se acababa el hilo de conversación y todo se iba al caño. Llegamos a la escuela felices de ver a otros de la misma clase, y lo mejor era que estaban evitando que entraran a la escuela para que no pusieran falta a nadie y no tener clases.
Como tenía que ir por un documento de mi santo padre dentro de un rato, me ofrecí de guardia para evitar que alguien llegue y a pesar de que algunos no confiaban en mí (quiero recalcar que eso es algo que no había sucedido tanto en mi vida, y no sé de qué forma escribirlo para no sentirme como un tonto egocéntrico), terminé sólo, bueno y con el compadre, el compañero gay que había cambiado mi vida por completo últimamente.
Estuvimos platicando durante un rato mientras esperaba a su novio y yo estaba tratando de meter en la conversación al joven que dijo me presentaría algún día, pero los eventos consecuentes cambiaron un día de la incómoda normalidad a la improbable depresión.
Primero fue la llegada del novio. No tengo nada en contra de él, de hecho me parece una buena persona para mi amigo y se ve buena onda, pero es de esas personas calladas con una mirada punzocortante cuando no tienen confianza o cuando ven que (a mi punto de vista) tu novio está platicando a solas con un tipo (osea yo). Fue un rato incómodo donde casi sólo hablabamos nosotros dos (amigo + yo) y donde a pesar de tratar de incluír al novio en las pláticas, había algo en su actitud que no lo permitía. Cosas de novios.
Luego, decidimos ir al lugar cercas de la parada de los camiones (definitivamente quería tomar el primer camión que pasara por ahí), pero el novio fue a saludar cálida y amistosamente a una amiga, por lo que quedé a solas con el compadre...
...Hasta que el compadre vio a uno de sus amigos y (con ayuda de mis cuerdas vocales) le habló. El joven obviamente se acercó, y mi crítico indiscreto interior (heredado por mi familia materna, pero adaptado a mis necesidades) observó que era lo que llamarían Kisney 5, y platicó con mi compadre y sentí lo que estaba sintiendo el novio hace rato. No era culpa de ellos dos, pues siento que obviamente le pondrías más atención a un gran viejo amigo después de mucho tiempo de no verlo; era mi culpa por estar ahí. Mi patológico sentimiento de pertenecer me aferraba a quedarme ahí, hasta que se me ocurrió la ingeniosa (pero cliché) excusa de que estaba pasando mi camión. Debo mencionar que a pesar de que sirvió para poder irme, 'mi camión' no se detuvo y aún así me fui.
Me subí al camión siguiente sintiendome tonto, impotente y triste. Ahora que lo pienso, estaba así por mi tendencia a sobredamatizar las cosas, algo que el acosador que mencioné hace un tiempo me lo había señalado, y a partir de esa dramatización exagerada, comencé a resumir mis pensamientos en uno solo: ¿cómo quería tener una pareja con esa forma de ser y de pensar?
Incluso llegué a plantear la idea de buscar a alguien para ligármelo ahí mismo. Pero no lo hice. No pude hacerlo. Vi a un muchacho, era guapo (muy guapo), se veía limpio, no muy alto, alguien por el que se pelearían las jovencitas en sus pijamadas y personas como yo lo mirarían discretamente mientras caminaba por los pasillos de la escuela. Estaba dispuesto a preguntarle su nombre, mínimo. Utilizaría lo de 'creo que te he visto' y trataría de hacerle plática, pero no hice nada. Me subí al primer camión que iba hacia mi destino y lo dejé pasar.
Lo dejé pasar como lo he hecho con muchas cosas en mi vida.

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