18 octubre, 2013

Afecto.

Hace días, el subdirector académico de mi escuela interrumpió una clase para anunciar que requería voluntarios para platicar con estudiantes de nuestra misma carrera pero provenientes de una escuela ubicada en el centro del país. Como si fuera la cosa más peleada del universo, levanté la mano y le pedí directamente a la encargada de anotar a los voluntarios que anotara mi nombre y que no olvidara mis apellidos, por si acaso. Me sorprendió que difícilmente se logró reunir casi el número mínimo requerido.
Este tipo de cosas me gusta. Me encanta conocer gente, y más cuando resulta tratarse de chicos de mi edad. Admitiré que siempre es excitante la posibilidad de encontrar un posible prospecto en situaciones así, pero lo que más me gusta es darme cuenta de que los chicos de otro lado pueden ser tan similares y al mismo tiempo demasiado diferentes. Me parece más que interesante.
Mientras me decepcionaba poco a poco con el chico de los dulces por mi inhabilidad para hacer algo que defina si se darán las cosas o no, más iba decidido a dejar atrás por un tiempo el lado romántico y a interrumpir mi eterna búsqueda por aquella persona, aunque sepa en el fondo de mi alma que estoy saboteando mi vida amorosa. Me pareció algo radical intentar eso de una vez por todas en mi vida e incluso llegué a ignorar el hecho de que había un chico bastante atractivo a dos metros de mí.

Vivo tanto en mis mundos irreales y fantásticos que en ocasiones siento que no puedo distinguir la realidad de la ficción, a tal punto de que ya no confío ni en lo que mis ojos capturan. Claro que las imágenes estáticas y ciertas expresiones evidentes son difíciles de malinterpretar, pero cómo saber si aquella mirada curiosa que sentía de parte de aquel chico era real o parte de una secuencia al estilo Black Swan que mi cabeza dirigía con maestría.
También, cómo distinguir una plática puramente amistosa de una conversación queriendo ser más que amistosa. Cómo le hacen los chicos homosexuales para estar seguros de que si me toma del brazo de tal manera indica afecto y no una fuerte atracción. Cuál será la diferencia entre darle el número al chico (después de que él me lo pidió) para estar en contacto o porque se sintió atraído hacia mí. Cómo distinguir entre un emoticono amistoso de uno interesado. Primeramente --y ésto es tan importante que incluso me tomaré la molestia de escribir los signos de interrogación-- ¿cómo sé con certeza si un chico, de quien aún no tengo por seguro la orientación sexual que tiene, está coqueteándome o sólo está siento amistoso?
Ennumeraré la evidencia que me decía que sí me coqueteó:

  1. Las miradas durante la conferencia inicial.
  2. Él iniciaba las increíblemente agradables conversaciones que tuvimos (aunque discutiéramos de algo tan simple como el clima).
  3. Tenía oportunidades de charlar con sus compañeros o hasta con mis compañeros, pero se acercaba conmigo.
  4. La manera en que me tomaba suave y firmemente del hombro, del brazo y una vez casi de la mano.
  5. En más de un momento nuestro cuerpo (incluso nuestro rostro) estuvo a escasos milímetros de distancia. Siento que hasta pude oler su esencia y hasta sentir su aura en más de un momento.
  6. Él me dio su número de teléfono sin habérselo pedido. Hasta donde tengo conocimiento, sólo otra compañera mía lo tiene y ella se lo pidió.
  7. Respondió mis mensajes con montones de caras felices y, como no pude acompañarlos a una fiesta en la noche, me dijo que haría falta.
Claro que, tratándose de algo tan ambiguo como la atracción homosexual en una sociedad pseudo progresisita, hay muestras que me hacen dudar de ello:
  • Vi que también a unos amigos suyos los tomaba del hombro de una manera similar a como lo hacía conmigo.
  • No me contestó el último mensaje que le envié y estoy casi certero de que ya lo leyó (si es que me envía algo, siento que debo esperar a que sea él quien comience con la conversación, pues me sentiré acosador de suceder lo contrario).
Sorpresivamente, creí que escribiría más situaciones que eliminarían por completo la teoría de que le atraía, porque parte de mí quiere convencerse de que está en mi cabeza. Quisiera poder ser amigo de otro chico sin revolver las cosas y dejar de sentir esa atracción por alguien que me hace una simple muestra de afecto que puede que tenga nada que ver con lo que interpreto. Sin embargo, y ésto me sucede cada vez más en los últimos días, la otra parte de mí gana y comienzan los interminables debates mentales.
Aunque el fenómeno no sea nuevo para mí, me gustaría preguntarle simplemente "oye, te gustan otros chicos" y ya. Quitarme de prospectos antes de que termine esperando ansiosamente la llegada de una señal que me indique que puedo seguir adelante (tristemente, ya estoy en esa fase).
Es gracioso porque el mismo día que el subdirector, un entrañable y peculiarmente eufórico personaje, le dije a una amiga, mi confidente en circunstancias del corazón, algo así como "entre los chicos que van a venir, voy a encontrar al amor de mi vida". Tengo la suficiente madurez mental y emocional para admitir que, efectivamente, el chico en cuestión no es el amor de mi vida (no aún, al menos). Lo que es loco en verdad es el hecho de que me haya topado con un chico que cumplió con la única petición que anhelaba: alguien con quien conversar agradablemente, aunque fuese del tema más simple y sin importancia.
Pensé que ya había visto de todo en esta vida y que ese deseo se vería reducido a un deseo imposible. Ahora, se cumplió el único deseo con un chico que vive a diez horas de mi casa (en autobús) y del que no sé en realidad si es gay o no. Un chico que, en las pocas horas que lo conocí, demostró ser básicamente el chico ideal. Un chico que me hace pensar en el gran dilema: enviarle un mensaje con el riesgo de ocasionar una molestia o ser, sin querer, lo que él estaba esperando.

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