08 octubre, 2013

Es complicado.

Tenía de meta preguntarle el nombre al chico hasta el día de hoy, con una prórroga utilizable que caduca hasta el día viernes de esta semana. Ya había comentado ésto de manera breve: llegaría, le preguntaría su nombre y observaría su reacción, a partir de la cual tomaría una posición nueva ante el asunto. Si se llegara a mostrar interesado, seguría adelante con todo y trataría de conocerlo más. En caso de que no tuviese una respuesta positiva, continuaría con mi vida como si nada hubiese sucedido. Lo importante es intentar y probar. Quién sabe, tal vez él es el chico para mí, o quizá es más heterosexual que el color rosa. No lo sé, y hoy fallé con creces en descubrirlo. Bueno... es complicado.
Llegué temprano a la ciudad porque acompañé a mi tía a su consulta médica. Me encanta llevarla porque siempre me platica cosas sobre mi familia. Conozco otra cara de mis tíos, me río con las anécdotas que me cuenta y me impresiono porque mis hermanos y yo tenemos demasiadas similitudes con mis parientes, lo cual hace que me planteé cómo funciona la genética y si se pueden heredar caracteres que van más allá de lo físico y biológico.
Traté de prolongar lo más que pude la cita, pero, como el más inexplicable de los sucesos, era demasiado temprano hasta como para ir a la escuela y tenía tiempo de sobra para comer. Cuando acompaño a mi tía, suelo comer en la lonchería de la escuela, pero no quería llegar temprano porque sabía que estaría ahí el chico y suelo sentirme presionado cuando la gente me ve comiendo (aunque no iba a comer exactamente frente al susodicho) y tampoco cuando el chico que potencialmente me gusta está a una puerta de distancia, entrando y saliendo constantemente, provocando que mi cabeza sea sede de un debate interno sobre verlo o no verlo, acerca de hablar o callar.
Llegué con mi mente viajando por miles de lugares. Ni siquiera el jardín de la entrada de la escuela (no es algo que se podría describir como 'hermoso', pero lo que más aprecio de mi casa de estudios es que luche por conservar espacios verdes), ni siquiera eso pudo relajarme un poco. Ahí terminaba todo. Me encontraría al chico y moriría tras hacer alguna estupidez. Lo veía venir.
Sin embargo, noté que estaba jugando con un bebé en sus brazos. Se veía tan cariñoso, tan agradable, tan adorable así que creí que me ignoraría por completo, pero cuando pasé junto a él mientras entraba a la lonchería, decidí aún así decirle un "hola". Me saludó con un "hola" y con una sonrisa. Anonadado, entré a la cafetería a dedicarme a comer con la mayor decencia posible, pues estaba entrando y saliendo y no quería arruinarme las cosas todavía más.
Terminé y tenía el estómago dándome vueltas por los nervios (por la comida no, estuvo muy rica). Salí y ya no traía al bebé, pero sí había gente al rededor, por lo que tuve que interrumpir mi misión hasta un rato después.
Una vez finalizada la primera clase, llegó el receso y acompañé a mi gran amiga a comprar un poco de deliciosa fruta picada para sentirnos un poco saludables. Platicamos y platicamos, hasta que una compañera dijo que el maestro de la siguiente clase ya estaba adentro, por lo que nos dirigimos al salón... pasando por la lonchería.
Elegí unos dulces mientras trataba de concentrarme en la conversación con mi amiga y le pagué al chico, sonriendo y recibiendo sonrisas. Sin embargo, cuando noté que recibí menos cambio de lo esperado, decidí hablar.
"Oye, disculpa pero creo que te... te... te...". Noté cómo su expresión se tornaba seria y pensativa. Ahí fue cuando me di cuenta de que tenía en el bolsillo la moneda de mayor valor, con la cual creí que le había pagado. "¿Te pagué con una moneda grande?"
Me mostró la moneda con la que había pagado y sentí cómo mi cara se apoderaba de un intenso color rojo. Quería salir corriendo de ahí, enterrarme como avestruz en la primera oportunidad, reiniciar todo otra vez. Sabía que no podía, así que rápido contesté "lo siento, en serio disculpa. Gracias".
Y comenzó a reír con una enorme sonrisa en el rostro. Ninguno de los dos gestos eran burlones ni denotaban que me estaban juzgando, eso fue lo impresionante. Era una sonrisa linda. De esas que no puedes reprimir cuando una persona hace algo tan lindo que hace que los arco iris parezcan gases mortales.
A pesar de esa increíble muestra de aparente felicidad inexplicable, mi mente le dio prioridad a la vergüenza y el arrepentimiento (aunque, ahora que lo pienso, ya no sé por qué me siento así). Me retiré a mi salón, cayendo dramáticamente en los brazos de mi amiga para simbolizar que no sabía por qué no morí cuando estaba el chico frente a mí. No podía creer lo sucedido, y mucho menos pude imaginar que tuve otra oportunidad de arreglar las cosas o de hundirme al caño.
Terminando los honores a la bandera, los cuales realizamos cada semana debido a que somos una escuela de educación superior formadora de maestros, bla, bla... estaba decidido a ir directamente hacia el puesto de dulces, a comprar con el chico... hasta que tuve que entrar al salón porque el maestro ya había entrado. Me sentí abatido, decepcionado por dejar pasar esta oportunidad. Me enojé con el mundo, con el maestro, conmigo mismo, pero mi amiga me incitó a salirnos del salón porque quería comprar algo. Y la acompañé, escabulliéndonos mientras el profesor trataba de hacer funcionar al proyector, sin importar que nos haya visto, pues ambos nos sentamos en la parte de adelante.
Una vez afuera, mi amiga decidió ir con la señora de los dulces, lo cual me dio la oportunidad perfecta para ir con el chico a solas. Todo marchaba a la perfección, a pesar de haberme tenido que escapar de clases.
Llegué frente al chico, quien estaba comenzando a recoger los dulces.
"Espera", dije. "Antes de que te vayas...", dije mientras veía qué dulces quería tomar.
Ambos sonreíamos. Me atraía más que nunca en ese momento. Le pagué y era la oportunidad perfecta para preguntarle su nombre, su número, su dirección... bueno, sólo su nombre, pero recibió una llamada telefónica y tuvo que contestar.
Ahí había terminado mi intento de conocerlo más, pero dejé de sentirme mal, pues mientras le hacía un gesto de despedida, me lanzó una sonrisa, la cual me dio esperanza para lo que puede llegar mañana.

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