26 octubre, 2013

Desahuciado y devoto.

Hace casi diez días me gustó un chico. Esas no son noticias fuera de lo común desde que entré a mis "maravillosos veintes": me gustó un chico con la mirada, me gustó un chico por tener buena ortografía en internet, me gustó un chico porque me regaló una sonrisa; esas son las que recuerdo en este momento. La que sucedió el diecisiete de octubre del año dos mil trece fue aún más intensa: me interesó un chico porque fue lo que siempre esperé de un chico.
Ya escribí en un cuaderno la desesperación que me di yo mismo por haber desaprovechado ciertas oportunidades (que, pensándolo dos veces, no creo que hubiesen implicado un gran cambio al final de todo), y más o menos relaté lo que sucedió aquel día. ¿Qué es lo que ha pasado desde entonces? Una interminable sensación en mi cuerpo de que respiro y a la vez no y una necesidad por mantener mi mente ocupada, aunque ya esté haciendo algo que necesite mi concentración absoluta.
El chico jodió mi vida. No lo culpo por completo, pues sé, muy en el fondo de mi ser, que fui quien construyó todo en la mente, pero jamás me había sentido así. Ésto no es un enamoramiento simple, como los miles que siento que he tenido a lo largo de mi vida. Es más, no sé si sería adecuado llamarlo "enamoramiento". Me duele mucho escribirlo, pero siento que sucedieron tantas cosas en mi cabeza que no sabría cómo describirlas.
Bueno, puedo hablar de su cabello aparentemente descuidado y sus ojos dormilones, de sus gestos sutiles o de sus manos firmes, de su piel morena, su caminar despistado, su manera de acercarse a mí sigilosamente, cómo se sentían sus manos sobre mis hombros o brazos, la proximidad con la que acercaba su rostro al mío y puedo hablar de su voz calmada y graciosa.
Jamás había sentido tanta cercanía con alguien desconocido. Las pláticas rudimentarias que se transformaban en algo más cuando las hablábamos los dos, la calma que me transmitía como nadie había podido lograrlo antes, esa necesidad de acercarme a él cada vez más y la certeza de que él también estaba dispuesto a dar el primer paso cuando me daba pena acercarme a él.
"Una tarde maravillosa" sería subestimar lo que viví bajo mi punto de vista. Sin importar el cansancio que sentía ni que fuera evidente que él estuviera mucho más agotado que yo, llegué a salir de este mundo de una vez por todas y me gustó demasiado lo que viví ahí. Lo que siempre quise sucedió el día menos esperado. Claro, de tener el control, hubiese agregado una sesión de besos y caricias o aunque sea otro par de momentos a solas, pero el evento rebasó mis expectativas y me confirmó que sí existe lo imposible: no se necesita de ojos ni de juicio para sentirte en conexión con cierta persona. A veces no basta más que las palabras y una tarde que, a pesar de los inconvenientes y adversidades, puede ser única.
Y entonces la tarde terminó.
Desde el día siguiente no he hecho más que sobrecargarme de trabajos y tareas para no estar esperando a que me envíe un mensaje. Lo encontré en facebook y, aunque parezca ser un chico totalmente heterosexual, no dejo de alegrarme cuando lo veo conectado. He hablado muy poco con él y siempre que le envío algo me quedo pensando en lo mal que estuvo lo que escribí, en lo estúpido que me siento al no haber pensado en algo mejor o me felicito por haber arruinado una gran conversación.
Comencé varias pláticas y decidí esperar a que él me hable, pero eso no ha sucedido todavía. A veces pienso que él también está esperando a que le hable, pero ¿y si no es así? Esa última opción es, honestamente, la más lógica. Cada parte de mí quiere verlo y preguntarle si fueron reales los acercamientos, las caricias y las señales. Ya no importa que me diga que nunca lo fueron, porque lo que quiero es ya no estar así.
Por eso me gustaría entrar a su perfil y ver que tiene una relación con una chica bonita, agradable y muy linda. Leer estados donde se dicen el uno al otro que se aman y ver fotografías que se tomaron espontáneamente. Quiero dejar de soñarlo, ya van tres veces en estos nueve días. Quisiera que no hubiera sido tan amable conmigo. Incluso me he preguntado qué sucedería si hubiese decidido no asistir a la reunión aquel jueves diecisiete.
Seguir ilusionado con aquel chico de los dulces, verlo y sentir la impaciencia por no poder actuar con naturalidad frente a él y coquetearle al mismo tiempo. Hablar con sensualidad con chicos por el chat y conversar con ellos con la preocupación de quedar con un tonto y reírme de ello a los dos minutos. Platicar con mis amigos sobre el último chico que me sonrió y mantener mi cabeza ocupada en tareas e historias. Evitar que todo eso sea reemplazado por la molesta sensación debajo de mi pecho y por unas ganas de golpearme en la cabeza hasta quedar inconsciente, queriendo llorar sin poder encontrar razones para dejar correr las lágrimas.
Lo que más me duele, creo, no es que el tipo esté a nueve horas de aquí ni que puede que sea un simple caso de chico se interesa por otro chico a quien le gustan las chicas, no es eso. Hay algo extraño y diferente esta vez. Algo que me deja con la sensación de que no avanzo en lo demás, de que el mundo se detuvo de una vez por todas... pero no estoy ahí para disfrutarlo como debería y cada segundo que pasa es más la decepción que siento por mí mismo.

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