11 octubre, 2013

Normalidad.

Me parece bastante gracioso el hecho de ver las cosas desde una perspectiva más amplia, dándome cuenta de mi falta de habilidades a la hora de conocer a alguien, una vez que lo identifico como un potencial interés romántico. Aparte, es bastante frustrante el hecho de tener tantas señales a mi alrededor y no saber qué hacer con ellas. Sé que sería bastante tonto si me dieran las cosas en bandeja de plata, pero ¿en realidad quiero que sea así? ¿Seguiría interesado por el chico si mostrara interés por mí de una manera más evidente?
Según mi amiga de la escuela, el chico es un "lunántico", pues su humor parece definido por la luna (nunca antes había pensado en que tal palabra significara eso en realidad). El pensamiento no es desagradable, porque ella me considera también como lunático en ocasiones, pero esa es la impresión que tiene de él, aparte de que es un buen chico según su percepción de escorpio.
Llegó el martes y al parecer la luna no estaba tanto a mi favor, pues aunque aún estaban esas sonrisas y esa impresión de que soy agradable para él, se notaba que estaba un poco más irritante que de costumbre, casi como el chico mezquino que parecía ser antes. Pensé que tal vez había notado que me ponía bastante nervioso y en mi mente ardía la pregunta eterna de será o no agradablemente homosexual.
Fui a comprar antes de entrar a clases y me armé de valor para preguntarle su nombre durante el receso pero, justo cuando ya me sentía listo, la maestra de la siguiente clase ya estaba en la entrada.
Tenía que hacer algo. Sentía una alarmante desesperación por salir de ahí y sólo comprar un dulce y ya. Quería plantarme frente a él, mirarlo y hacer el intento de preguntarle su nombre. Y ahí me encontraba, atorado en un salón de clases odioso, mientras el tiempo transcurría lentamente y mis oportunidades de terminar el día sin arrepentimientos aumentaban cada vez más. Me había rendido, hasta que volteé hacia la entrada, viendo cómo una amiga le pedía permiso a la maestra para entrar tras haber ido al baño.
¡Eso es! ¡Pediría permiso para ir al baño y en realidad iría a comprar dulces con el chico! Es lo que todos en mi grupo hacen, de cualquier manera. El gran inconveniente de la nueva aula que nos asignaron es que las ventanas dan hacia el baño, así que puedes ver quién entra y quién sale de ahí. Aparte, como la cereza del helado, el baño está en dirección opuesta a la lonchería. ¿Qué caso tenía entonces salir? Al parecer mi esfínter decidió por mí, pues terminé en el baño.
Como el alumno ejemplar que se dice que soy, caminé apresuradamente para volver a tiempo a la clase, derrotado por el plan que no me atreví a ejecutar. Iba rendido y desolado, pero en cuanto regresé al pasillo noté que el chico estaba ahí solo, escuchando música y con su usual mueca de enojo latente que siempre me ha parecido extrañamente atractiva. Metí la mano en mi bolsillo y al asegurarme de que traía cambio para comprar unos cuantos dulces, seguí caminando, aún cuando pasé por la puerta de mi aula, sin importarme de que me hayan visto varios compañeros que me dirigía hacia la lonchería.
Llegué y noté cómo el rostro del chico soñado se relajaba poco a poco. No era totalmente una sonrisa, pero para el humor que tuvo a lo largo del día, bien pudo tratarse de una muestra de inmensa alegría (aunque no descarto todavía que sea heterosexual).
Casi como si fuese una extraña y tormentosa rutina, miré a la mesa llena de dulces para terminar limitando mis elecciones entre una barra de chocolate, otra cosa con chocolate, cacahuates japoneses o un dulce de tamarindo. No recuerdo ni qué elegí, pero tomé los dulces, le pregunté cuánto fue y le di una moneda en la mano. Y comencé a caminar mientras musitaba un "hasta luego".
Volteé de reojo y me miraba con la mano extendida y con una sonrisa juguetona en su rostro. Parecía que estaba a punto de reír un poco, pero no lo hacía; seguía sonriendo. Me pareció bastante extraño, así que me detuve, sólo para darme cuenta de que había olvidado por completo que me tenía que dar cambio y regresé sintiendo que había más sangre corriendo por mi rostro que la que se muestra en una película gore.
Caminé más apenado, no sabía que eso era posible. "Es una señal", me dije, "tienes que hacerlo". "¿Hacer qué?", me respondí. "Tú sabes". Y para evitar argumentos en mi cabeza en los momentos menos indicados, decidí por puro impulso que era el turno de que mi boca se entrometiera.
"Oye...", dije mientras tomaba aire y me preguntaba si era prudente o no seguir con todo eso, "¿cómo te llamas?".
Una mueca un poco confusa apareció en su rostro. No pude leerla y la interpreté como una mala señal. Estaba listo y preparado para ese tipo de reacción, así que no me sentí tan abatido, pero tampoco sentí placer por la escena. Casi quería irme de ahí y no voltear atrás.
"El Chico", y me dijo su verdadero nombre mientras hacía un esfuerzo notorio por reprimir una pequeña sonrisa.
"Mucho gusto", dije y rápidamente mencioné mi nombre. Fue muy breve el momento y no vacilé antes de seguir caminando.
Me sentí confundido a más no poder. Trato de llevar los asuntos de esta índole con calma desde que comencé a reflexionar sobre mis vivencias anteriores, y decidí que este asunto en particular lo trataría con calma, pues se prestaba a malentendidos como el de una ocasión vivida. Había quedado en un acuerdo conmigo mismo: le preguntaría su nombre, observaría su reacción y tomaría una decisión racional. ¿Qué sucede cuando terminé en una encrucijada tras lo que viví el martes?
Era tiempo de obtener respuestas de su página de facebook. Fue laborioso encontrar su perfil, pues hay varias personas con su mismo nombre y no creía tener tantas conexiones con él. Cuando lo encontré de milagro y me aseguré de que fuera él en verdad, entré en paranoia. A pesar de que algunas fotografías indicaran su homosexualidad, había evidencia que contrarrestaba la teoría. Incluso, al recurrir a ciertos amigos del facebook, una amiga juró que si lo era, otra que no, un amigo dijo que lo ubicaba en un 45% para ser realistas y otro le dio un positivo 75%.
Confundido por lo que encontré y tras haber sido casi incapaz de leer su expresión en aquel momento, esperaba con ansias el día siguiente, pues a veces no es tanto lo que suceda en el futuro inmediato, sino qué reacción tiene progresivamente.
El día de ayer, miércoles, la luna parecía bastante contenta, pues me recibió con una cálida sonrisa, casi increíble. Había cierto nerviosismo ahora también de su parte, pero aumentó de igual manera cierta seriedad. Era como si el fuego y el hielo vivieran en él, como si el conflicto ahora él lo estaba sobrellevando. Tratando de ser pesimista, me hice la idea de que el chico era hipotéticamente heterosexual.
Con ese pensamiento en mente, mientras estaba caminando con mi amiga durante el receso, me dije "no... no te está mirando, mantén la calma, no te está mirando". Volteé un poco y estaba mirando en dirección nuestra.
Mi amiga volteó también y dijo "mira, te esta viendo".
"Claro que no, sólo mira hacia acá".
Naturalmente, saludé con la mano ligeramente y lo vi sonreír mientras me respondía el gesto. También mi amiga lo saludó y, aunque parecía un poco desconcertado, también a ella le regresó el saludo.
Estaba que no cabía de la emoción. Sin embargo, tenía que detenerme a pensar un momento. ¿Por qué ese chico? ¿Por qué si no se absolutamente nada de él, más que su nombre, el horario que pasa en mi escuela y la dirección de su perfil en línea? ¿Por qué me preguntaba tantas cosas? Era como si él fuese Edward Cullen y supiera muy en el fondo que no se trata de un chico común y corriente, sino una persona con muchos secretos (aunque, claro, el chico tiene muchísima más personalidad que tal personaje).
Me sentía perplejo, feliz e inestable, y así pasé horas preguntándome cosas sin llegar respuestas, hasta que llegó el día de hoy. Llegué más temprano de lo usual a la escuela por un trabajo escolar y ya era tarde, así que esperaba con ansias a que el autobús al fin llegara. Como siempre que esperas llegar temprano, el autobús decidió cambiar súbitamente de ruta y tuve que caminar una cuadra para llegar a la escuela. No me preocupaba el hecho de caminar, pues me encanta caminar, pero sabía que iba tarde a la hora acordada con mis compañeros. Sin embargo, la preocupación se disipó mientras caminaba y pensaba en aquellas otras veces en las que llegaba temprano y me dejaban esperando horas.
Me acerqué al edificio y entré en un dilema: ¿entrar por el estacionamiento o caminar un poco más para llegar por la entrada principal? La respuesta obvia en cualquier otro día sería usar la ruta del estacionamiento, pues iría directamente a donde quedé con mis compañeros (y podía pasar primero al baño), pero desde los eventos con el chico, ir por la principal significaría verlo.
"No", me dije, "no debes dejar que un chico cambie tu percepción de la vida. Vas a entrar por el estacionamiento y te dirigirás al baño antes de llegar con tus compañeros".
Caminé alegremente, sin la preocupación de morir de un ataque de nervios al pasar junto al chico. Una vez dentro de la escuela, vi que mis compañeros estaban trabajando, pero aproveché pasar desapercibido para entrar al baño con calma. Justo cuando entré, me quedé helado, petrificado. El chico estaba lavándose las manos, justo frente a mí.
Quería correr y pude haberlo hecho sin haber sido visto si hubiera pensado más rápido, aprovechando que me estaba dando la espalda, pero al instante notó la presencia de alguien más y me vio ahora sí.
"Hola", me dijo mientras sonreía.
"Hola", le dije mientras trataba de que mis piernas volvieran a la vida y siguieran caminando hasta un cubículo.
Tras unos instantes, logré hacerlas responder y seguí con mi camino, sintiéndome como idiota. Escuché por sus pasos cómo se iba y me paré frente al inodoro sin saber qué hacer todavía. Probablemente ya no tenía ganas de orinar porque mis pantalones estaban bañados en pipí, pero agradecí que ese no fuera el caso. Hasta minutos después fue cuando al fin pude hacer mis menesteres y tras lavarme las manos me dirigí con mis compañeros.
Fue un día bastante ocupado y mis oportunidades de verlo comprarle dulces fueron graciosamente escasas, así que tuve que recurrir a una estrategia similar a la del martes.
A la mitad de la clase que tengo después del receso, pedí permiso para ir al baño. Una vez que salí del baño y se supone que tenía que volver al aula, aproveché la puerta cerrada y simplemente seguí caminando en dirección al chico.
"Ríndete", pensé, "por favor, ni siquiera sabes lo mínimo requerido de ese sujeto y ya estás tras él. No importa cuánto lo niegues, sabes que es cierto. Te interesa. Bastante".
Seguí pensando en eso mientras veía los dulces, mientras elegía algunos, mientras pagaba y mientras me daba una de esas sonrisas que me derriten.
"Adiós, Chico". Le dije nerviosamente, en una voz más baja de lo normal. Le llamé por su nombre y pensé que me iba a mirar con desprecio.
"Adiós..." y pronunció mi nombre.
Pensé que lo habría olvidado, que no le hubiera importado y tenía en mi mente un montón de situaciones tomando color. Tal vez lo escuchó de mi amiga, o quizá alguien me llamó por ahí, había muchas posibilidades. Sin embargo, sucedió el escenario que menos imaginé que sucedería. Recordaba mi maldito nombre, demonios, y aún no consigo descifrar qué significa. Creo que ahora sí moriré de un ataque de nervios.

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