03 octubre, 2013

Limerencia.

Días atrás estaba en mi habitación y también estaba mi hermano, pues compartimos ese personal espacio. Repentinamente, escucho que el sujeto habla sobre la limerencia, palabra que, según wikipedia, se refiere a "un estado mental involuntario el cual es resultado de una atracción romántica por parte de una persona hacia otra, combinada con una necesidad imperante y obsesiva de ser respondido de la misma forma". Desde el instante en que leí sobre tal afección, comencé a preocuparme en verdad, pues aparentemente podría autodiagnositicarme con tal trastorno.
No sé si haber leído Vampire Academy y textos similares dirigidos a un público adolescente, ávido a romances épicos y grandes demostraciones de afecto, me ha llegado profundamente al cerebro, pero más que nunca en mi vida me he encontrado buscando a una persona con quien pueda pasar mis días solitarios, y eso que ni siquiera se trata del invierno, cuando las personas se encuentran peligrosamente necesitadas. Me preocupa por la cantidad de cosas que he hecho en unos cuantos meses.
Coqueteé con un chico en un baile frente a varios compañeros de mi escuela, tuve una relación de quince días con un chico que apenas conocía, abrí un perfil en la anteriormente mencionada página de citas, salí con un chico que parecía bastante bien y sólo obtuve sexo y uno que otro momento para recordar, cancelé mi cuenta en esa página, fui acosado por un chico que se enamoró de mí por chat pero que no podía corresponder, conocí a un amigo de una de mis mejores amigas y sólo chateé un par de veces con él, me lancé ante un chico en un antro foráneo, un chico dijo que era su "esposo" aunque no lo había visto antes en mi vida, una amiga me presentó a un amigo suyo pero no me agradó tanto la propuesta, y me interesé por un chico sarcástico y demasiado directo que no me siguió la corriente.
Me he estado sintiendo solo, obviamente. Claramente que de no ser así no hubieran sucedido ni la mitad de los eventos que resumí ahí atrás --y siento que pude haber olvidado unos cuantos--. La complicación mayor que he encontrado tras todo ésto es que me he dado cuenta de que busco algo casi imposible. Tuve sexo, pero eso no buscaba. Recibí besos, pero no los sentí por completo (hubo veces en las que besaba y se sentía bien, pero daba otro beso para ver si se podía llegar a sentir realmente bien. Al parecer terminé hartando a un par de chicos debido a ésto). Tonteé un poco, pero me harté. Recibí atención y no fue desagradable, pero no sentí que fuera lo correcto. Le gusté a alguien, pero esa persona no me gusta. ¿Qué es lo que busco, entonces?
Resumiéndolo todo: alguien que me de conversaciones satisfactorias. Se puede pensar que eso no es absolutamente necesario dado que cuento con un amplio círculo de amigos y con muchos de ellos puedo sincerarme, pero busco algo un poco diferente. Quisiera compartir mi vida con una persona que esté dispuesta a compartir la suya conmigo. Tal vez haya besos, sexo o cosas así, pero eso está muy lejos de ser lo que busco en realidad. Me gustaría alguien con quién poder reír de cosas diferentes de las que río con mis amigos y hacer reír a esa persona, platicar sobre cosas que pasan por mi mente y escuchar lo que tengan que decirme, me encantaría sentirme nervioso por tener una cita con alguien y guardar recuerdos, aunque resulten ser cosas estúpidas y tontas pero sé que las guardaré muy dentro de mí. Y a pesar de que siento que no lo merezco, algo dentro de mí me dice que debo seguir buscando.
Decidí dejar de lado los medios electrónicos y las redes sociales para conocer en persona a un chico. Bajé un poco mis expectativas (sin llegar a ser conformista), pero espero encontrar a alguien con quien pueda tener al menos un par de momentos en común y es preferible que viva cerca de conmigo, aunque parece casi imposible. Puede que ya haya encontrado un prospecto en potencia, pero hay muchas cosas que no sé aún.
Ese chico es hijo o sobrino de una de las señoras que trabajan en la lonchería de mi escuela, la cual adquirió una reputación no muy buena debido a que comenzaron a vender dulces a pesar de que la encargada de la distribución de este tipo de productos en mi escuela es una agradable señora con mucho carisma. En un principio, fiel a la señora de los dulces, miraba recelosamente a la atractiva mesa llena de caramelos y azúcar de la competencia y caminaba un poco más para comprar con la señora, pero entonces llegó el sobrino/hijo a atender la dulcería de la competencia en el turno vespertino, el horario al que asisto a clases. Llamémosle "el chico".
Como mi salón está a tres aulas de la lonchería, me veo forzado a diario a pasar por el puesto de dulces del chico. Es alto, con unas pestañas muy largas y una mirada fuerte. A veces me recuerda a Buzz Lightyear. Era de esperarse que, si no captaba mi atención, al menos lo viera rápidamente un par de veces, y siempre dejaba ver mi usual expresión de amigable indiferencia. Sin embargo, el chico me miraba con repudio cada vez, como si estuviera viendo a una pestilencia andando. Me miraba nerviosamente, apretujando su cuerpo en su asiento, observándome con cautela. Me ponía nervioso cada vez que sucedía eso y no me conocen por ser discreto, así que era evidente que lo notaba.
El tiempo pasó, comenzaron mis dramas y encapsulé en las profundidades de mi mente a este intimidante chico, hasta que un receso estaba muy abarrotada la tienda de la señora de los dulces y mi mejor amiga de mi clase necesitaba azúcar de urgencia para soportar las siguientes horas de matemáticas. Mi amiga corrió hacia el par de mesas con los dulces, hacia el chico, mientras yo me acercaba con renuencia y cautela, pero vio unas mesas vacías de la lonchería y decidió posponer la compra de dulces para que le terminara de platicar con lujo de detalle cuando me declaré a un compañero (el cual es un buen amigo de mi amiga).
Reímos, fuimos felices durante los dos segundos que duró el descanso de clases y entonces mi amiga recordó que necesitaba digerir algo dulce, así que caminamos el metro de distancia que teníamos con la mesa de dulces y procedimos a elegir nuestros recursos. Lo notable de este suceso fue que el chico misterioso y mezquino, que parecía despreciarme con la mirada en cada oportunidad ahora estaba sonriendo... me estaba sonriendo, al parecer.
Como tengo muy buenos amigos, cada que menciono lo feo o gordo que me siento, suelen aparecer cumplidos, aunque me siga sintiendo repugnante. Creía que así era como me veía el chico: repugnante. Es por ello que me pareció no sólo sorpendente, sino hasta incongruente ver una sonrisa en aquel severo rostro. Recuerdo que pensé por primera vez "en serio es atractivo el chico". Sus ojos estaban acompañados de un ligero y curioso brillo. Su sonrisa era nerviosa, parecía que estaba haciendo un gran esfuerzo por ocultarla y continuar con el aire de misterio eterno.
Recuerdo cuando le pagué por aquel paquete de goma de mascar y me extendió su mano. Sentí que me la ofrecía para que ambos escapáramos de esa realidad y encontremos un lugar para  ser felices. Sentí la electricidad pasar de su cuerpo al mío cuando le di el dinero y alcancé a tocar su palma con las yemas de mis dedos. Si Rachel Earl quería tener catorce mil romances con su prospecto, en ese instante yo quería tener catorce millones con el chico. Pero pronto asaltó a mi mente un simple pensamiento: "¿y si era mi amiga la razón por la que el chico sonrió al fin?". Sonaba lógico, así que tenia que volver pero ahora yo solo.
Otro día, regresé a la escena del crimen. Faltaban todavía unos minutos para que mis clases iniciaran y el chico ya estaba ahí, sentado en su posición usual, aparentemente absorto en su teléfono celular, pero pendiente de lo que sucedía a su alrededor. Me acerqué y le dije un embarazoso "hola" que estuvo lejísimos de convertirse en el saludo seductor que esperaba que saliera mágicamente de mi boca.
"Hola", respondió en un tono juguetón. Esta vez le fue más difícil reprimir una sonrisa.
No supe qué decir, ni qué pensar y mucho menos en qué demonios comprar improvisadamente para no sentirme todo un acosador desquiciado. Tomé un paquete de cacahuates, pero encontré una de mis barras favoritas de chocolate y dejé los cacahuates con torpeza para apoderarme de la deliciosura que me duraría dos segundos una vez que lo abriera más tarde. No podía creer que en su rostro, ya más relajado, ahora había algo que lo hacía verse iluminado. Abrió los ojos un poco más, me observaba con cuidado y traté ignorar a mi mente tratando de decirme que le interesaba al chico.
"¿Cuánto es?", le dije al chico, tratando de sacar algo de cambio de mi bolsillo.
"Cuatro pesos", me respondió.
"Gracias", dije mientras caminaba lentamente.
"No hay de qué".
Ignorando por completo el hecho de que el dulce costaba más caro que con la señora, metí la barra de chocolate a mi bolsillo y me dirigí hacia el baño, con la esperanza de que la pestilencia del sanitario de caballeros me hiciera olvidar aquellos pensamientos macabros. Ni siquiera el gran charco de orina me hizo dejar de sentirme así, aunque me pregunté cómo alguien pudiera tener tan poca higiene y hasta valores humanos como para fallarle a la taza del baño sin piedad alguna.
No creo que se vaya a dar algo, pues ni siquiera sé el nombre del chico, ni lo conozco y, para empezar, no tengo ni la más remota idea de si es gay o no (dejé de confiar en mi "gaydar" desde el incidente de mi compañero de clases). Claro, me gustaría ver cómo serían las cosas si llegara a tener un acercamiento más con el chico, pero también siento que todas las señales son producto de mi mente y de la limerencia haciendo efecto.
Como sea, de lo que sí puedo estar seguro es de que, ayer, cuando me dirigía a mi salón de clases tras comprarle otro paquete de chicles, noté cómo me seguía con la mirada para ver en qué aula tengo clases, y ahora observé con dicha cómo se repetía la escena.

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