06 octubre, 2013

Sin respirar.

Tras platicarlo, compararlo y reflexionarlo, he llegado a la conclusión de que debo de preguntarle el nombre al chico. Directamente y sin darle más vueltas al asunto, llegaré, compraré dulces y, justo antes de irme (o como se de la situación), llegaré y diré algo así como "oye... ¿cómo te llamas?". Tengo hasta el fin de esta semana para saber mínimo su nombre y decidir a partir de cómo cambien las cosas tras ese hecho si vale la pena seguir con ésto o no.
No me prepararé para quitarme los nervios, tampoco me mentalizaré para no titubear y mucho menos llegaré pensando que no sucederá cosa alguna (gran consejo de una gran amiga); caminaré directamente hacia él, esperaré lo mejor y observaré su reacción.
La verdad es que estoy mucho más preparado para una respuesta negativa, como que me mire con una extrañeza y un miedo inmensos tal que no seré capaz de volver a comprarle dulces con los mismos ojos (figurativamente; no es que compre dulces con los ojos). Trato de imaginar una respuesta positiva y en todos los escenarios me quedo ahí, congelado sin poder ni respirar. Es impresionante la negatividad y el dramatismo que le imprimo a cada escena de mi vida, y tal vez ello sea la causa de que sienta que no he tenido la mejor suerte de todas con los chicos.
Tal vez éste sea un buen lugar para redimirme... bueno, para comenzar de nuevo. Quizá todo haya estado simplemente en mi cabeza, otro caso de malinterpretaciones llevadas al máximo, un romance épico de novela corta. Es difícil para mí imaginarme los casos positivos, pero creo que lo que necesito es dejar de fantasear con todas esas escenas y ver cuál de ellas se vuelve realidad.

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