Sentirse anormalmente bipolar es algo en lo que me familiarizo cada vez más. Día a día es como si viviera como el chico que todos creen que soy, siempre y cuando esté ocupado en alguna tarea; pero cuando estoy libre y dejo a mi mente divagar, termino en lugares distantes de la realidad. Escucho letras, veo la música, siento los colores, todo eso sin tener que ingerir sustancias como muchas personas lo hacen.
Claro, como en algunas cosas hay más de dos caminos por donde llegar a la locura, en los últimos días siento que camino por terrenos peligrosos y desconocidos. Tropiezo constantemente, me pierdo y me encuentro, y siento que mi rostro se ha estrellado contra el asfalto en más de una ocasión.
El interés sobre las cosas se va y vuelve con demasiada intensidad, sólo para desvanecerse otra vez en espera de encontrar la manera de regresar. Me encuentro observando retratos imaginarios, con marcos de colores y realizados con técnicas peculiares. Puede que no me favorezcan en lo más mínimo, pero e encuentro regresando a ellas siempre que puedo, tratando de estar al pendiente de sus movimientos (sí, se mueven).
Fantasmas de otras vidas caminan alrededor de mí. Suelen ser calmados y me dejan dormir cuando están de buen humor, pero también han invadido mis sueños, tomando formas humanas y haciéndome graciosas muecas y una que otra sonrisa, eso si no pongo mis escudos en alto. Claro, qué caso tiene poner tales barreras si encuentran la manera de penetrar en mí al final de todo.
A los pequeños demonios les gusta danzar a mi alrededor. Algunos encontraron la manera de entrar a mi cuerpo y se encargan de jugar entre mis vías respiratorias y en el interior de mi pecho y estómago. Dificultan mi respiración, pero hacen que el aire que entra a mí sea extrañamente puro y agradable. Mágico, se le podría describir.
Finalmente están las sombras. Aquellas malditas que me hacen sonreír aunque tenga lágrimas recorriendo mi rostro. Son invisibles tales sombras y están siempre conmigo, haya luz o no. Son agradables, pero pueden sentirse solas cuando los retratos se desvanecen. No las entiendo, a pesar de ser cariñosas cuando quieren.
Ahí me encuentro, en ese retorcido mundo, en aquella realidad imposible. Quizá encuentre la manera de regresar a uno de los caminos anteriores. Tal vez llegue a encontrar uno nuevo. Puede ser que jamás cambié de lugar. En lo que me tengo que concentrar es en descubrir cómo controlar mi caminar o en dejar que mis piernas elijan mi destino.
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