Descubrí que tengo una inexplicable adicción al internet y a las redes sociales. Ya lo sabía desde hace tiempo, pero puedo afirmar que es casi una enfermedad desde este domingo, cuando un rayo arruinó la línea telefónica y ésta es mi tercera noche sin conexiones virtuales. Al menos ya no estoy como la primera noche, nervioso y sin poder dormir, presionando el botón F5 de mi teclado aun sabiendo que nunca se iba a cargar la página.
Al parecer también el incidente afectó a mi familia: aunque haya sido para ir al ciber, mi hermano salió de la casa por su propia voluntad (algo que no había sucedido en años); he descubierto a mi padre tratando de reiniciar el módem, sin importarle estar consciente de que el problema no es ese dispositivo; y mi madre y mi hermana pasaron un rato juntas en la tarde mientras hacían pan de elote. Dicen los rumores que ni siquiera discutieron durante el milagroso evento y, aunque el pan de elote siempre les queda ridículamente delicioso, al de hoy parece que se le prestó más atención de lo normal. Sin embargo, si alguien ha sufrido con la desintoxicación de la dependencia de la comunicación en línea, he sido yo, llegando al límite de ir a la biblioteca solamente para poder conectarme un poco por medio de mi celular.
Alguien normalmente escribiría “todo comenzó...” y comenzaría a relatar los pormenores, pero cuando eres una persona aficionada al drama y a sacar problemas de hasta el más mínimo detalle, la dependencia a páginas virtuales puede resultar en el más pequeño pormenor. Dejando eso de lado, en mi defensa sí tenía algo de qué preocuparme un poco al querer conectarme con ansias, pues el sábado decidí enviarle una solicitud de amistad al chico.
“¡No puede ser! ¡¿En serio te atreviste a hacerlo?!”, es lo que me dice una audiencia imaginaria que está al pendiente de mi vida. Sí, sí lo hice, y no me ha respondido la solicitud aún. El sábado estaba con una mentalidad positiva: “quizá salió de fiesta y no se ha conectado o algo así”, es lo que pensaba, “le daré hasta el lunes en la mañana para preocuparme... mejor hasta el domingo en la noche”. Da la casualidad que el domingo en la noche pensé que pudo ser el momento en que me respondería la esperada solicitud, y yo sufrí porque no tenía manera de conectarme.
¿Qué pasa si me llega la notificación de que aceptó y decide enviarme un mensaje? ¿Qué si me declara su amor o si me confiesa que siente un interés por mí? ¡¿Cómo le haré para darme cuenta de eso si estoy desconectado por completo del mundo exterior?! Quería morir en ese momento y deseaba más que nunca jamás haberle enviado la estúpida solicitud de amistad. ¿Qué ganaba? ¿Por qué me apresuraba? Me hice tantas preguntas que casi tuve que recurrir a darme de golpes en la cabeza y provocarme un desmayo. Al menos así hubiera dejado de pensar tanto.
Era tanta la desesperación y la esperanza de tener una respuesta que me ofrecí para llevarle un encargo a una tía con tal de aprovechar la fiable conexión a internet de mi tía. Sentía que no podía con mi alma cuando me di cuenta de que, efectivamente, la página sí se estaba cargando y poco a poco se mostraban los elementos.
Apareció un número uno de color rojo en donde aparecen las notificaciones y en ese instante quería gritar de éxtasis, pero resultó ser una de esas aberrantes invitaciones a juegos que provocan adicción en muchos y disgusto en mi persona.
¿Me había ignorado un chico... otra vez? Tenía que haber una razón para que no me haya respondido la solicitud. Parte de mí, aquella a la que considero como la racional y confiable, decía “tranquilo, tal vez no se conectó y ya, puede que ni siquiera lo use tanto”, pero esa sabia voz era opacada por los gritos del ente impulsivo que vive dentro de mí. “¿Qué no te das cuenta, maldita sea? El tipo te está ignorando ese hijo de—”. “Espera”, respondía el racional, “su mamá no tiene la culpa, no la metas en ésto”. “Me vale que su madre tenga algo que ver o no, ese idiota mal parido ya te dio la respuesta que buscabas: no-te-quiere-cerca”. Por alguna extraña razón, decidí escuchar al monstruo y terminé siendo un caos.
Llegué a la escuela nervioso, desesperado y con ganas de ni siquiera llegar a mi inevitable destino. ¿Cómo enfrentaría al chico que ignoró por completo mi solicitud de amistad? Al leerlo parece como la cosa más inútilmente idiota del universo, pero para mí era la respuesta a todos los problemas del mundo. ¡Es una solicitud de amistad, maldita sea! Puede que se la haya enviado con ciertos fines, pero se trata de una solicitud de amistad, no de una invitación sexual.
Mientras caminaba hacia él sentí ira, nervios, desesperación, enojo, miedo, tristeza y, en lo profundo, una sensación de que el tipo ni siquiera había visto la estúpida solicitud. Cuando le compré dulces lo noté un poco más serio de lo normal y la sonrisa era más amistosa y rutinaria que sexy e incitativa. Estaba bastante seguro ya de que todo el maldito juego estaba en mi mente... otra vez.
La siguiente clase no dejé de preguntarme por qué a cuestiones que ya olvidé debido a su escasa importancia y trascendencia. ¿Qué caso tenía seguir dándole vueltas a un asunto tan simple? Al final todo termina en el mismo escenario: yo lavando los platos de un banquete del que ni siquiera probé bocado. Ya no le encontré sentido alguno a continuar con los coqueteos, a imaginar una propuesta de noviazgo hermosa este próximo día de brujas, a fantasear con tener a alguien con quien compartir mi juventud.
Tras platicar con mi mejor amiga de mi grupo sólo los eventos (y no cómo me sentía al respecto), fuimos a comprarle dulces, decidido a disfrutar del coqueteo imaginario mientras pueda.
“Oye, ¿tú no revisas tu perfil?” dijo mi amiga en el momento menos esperado.
Decir que abrí mi boca tanto que hasta podría meter tres cabezas de bebé sería subestimar aquel momento. Inmediatamente, dejé a mi amiga compartiendo unas cuantas palabras con el chico y me concentré en una compañera mientras pasaba para avisarme algo. En circunstancias normales, ella me daría un aviso y le diría “gracias” antes de continuar con mi vida, pero justo ahí parecía que una pequeña charla con mi compañera podría curar el cáncer.
En cuanto noté que mi amiga ya estaba de vuelta conmigo, caminé directamente hacia mi asiento dentro del aula de clases, sin mirar a otros lados ni a quien estuviese frente a mí. Entonces me detuve. ¿Por qué me siento tan apenado? Puede que sepa de qué trata el asunto, lo cual resultó más sospechoso desde mi desesperado intento por escapar, pero ¿y si el tipo en realidad ni siquiera tenía la más mínima idea de lo que sucedía en mi mente? Ese era el escenario factible y las probabilidades apuntaban a que de eso se trataba, pero no podía evitar el martirio interior. Por eso es que acepté sin dudarlo la invitación de unos amigos para acompañarlos a beber un poco de alcohol.
Fuese otro día hubiera dicho que no de inmediato y me hubiera ahogado con videos por internet, pero como no contaba con ese servicio en esos momentos, sintiéndome ligeramente más sociable que en un día promedio, como mi mejor amiga de la escuela necesitaba humectar sus penas amorosas con un poco de alcohol y al dejar una plática pendiente con otra amiga, me importó poco que fuera lunes de escuela y me dirigí a un bar con algunos compañeros.
Un amigo bastante relajado y divertido que saca una sonrisa hasta cuando no lo deseas, mi mejor amiga, la amiga con la plática pendiente que se está convirtiendo en mi gran confidente en cuestiones del corazón, una amiga muy agradable y uno de sus mejores amigos del grupo, el amigo con quien resuelvo muchos problemas matemáticos mientras nos maldecimos, un amigo a quien suelo detestar en ocasiones aunque sea una gran persona y tenga muy buenas ideas, una amiga pasando por una ruptura muy difícil con su (ex) novio de dos años y el chico al que le declaré mi amor en la semana cultural cuando estábamos en primer año de este nivel educativo. Si no era la mezcla perfecta de personas con quienes ir a beber cerveza, al menos prometía momentos esporádicos de diversión. Al menos la velada terminó superando las expectativas.
Mi mejor amiga se puso ebria y cantaba a todo pulmón cualquier canción que saliera de las bocinas mientras le decía “¡eres un pinche pendejo!” a mi amigo relajado y divertido, el cual trataba de mantenerla sentada. También se embriagó mi amiga que pasaba por la ruptura, aunque ella lo demostraba quedándose de pie, absorta en su propio mundo, con una sonrisa en el rostro mientras decía que no se quería ir. Los demás nos reíamos de cualquier ocurrencia que alguien dejara escapar de su boca y me sorprendí al beberme una cerveza, arrepintiéndome después por el sabor amargo de mi boca y por la sequedad de mi garganta.
Sólo pensé en el chico cuando compartía el asunto con mi confidente y me sentí bien por no hacer un gran dilema de ello. Incluso, entre ella y mi amiga (aún estando en sus cinco sentidos) querían que coqueteara con un chico lindo que estaba por ahí, pero decidí que no me veía lo suficientemente bien como para esas cosas y me dediqué a estar con mis amigos, platicar con mis amigas y a esperar afuera del baño a quien quisiera que lo acompañara.
Ahora, en la escuela, fue muy divertido platicar de lo que sucedió y de los detalles que no fueron muy notorios al estar allá. “Ésto es lo que se siente ser parte de algo”, es lo que pensé, pero no duró mucho el pensamiento cuando, al terminar la agradable plática, todos regresamos a nuestras posiciones: mi amiga y yo, mi confidente y unos compañeros, las otras amigas que fueron discutían no sé qué cosas y los hombres estaban siendo hombres, sentados y dando la impresión de que no decían cosa alguna pero que se divertían haciéndolo.
El golpe de la realidad trajo consigo, para mi amiga, la necesidad de salvar su relación con su novio y disculparse por haberlo insultado por teléfono mientras estaba ebria. Para mí, darme cuenta de qué es lo que sucede con el chico.
Ya no sabía si me gustaba o no. Al principio recibí señales bastante favorables y actué como de costumbre al fallar miserablemente en responder naturalmente. Sin embargo, cuando volví durante el receso, actué como si el chico hubiese sido cualquier otro vendedor de dulces. Selecciono, pago, doy gracias y me voy. Mi amiga me felicitó y mencionó que por primera vez no me vi nervioso, aunque me haya sentido frio y distante hacia él. Lo peor es que ni siquiera lo intenté.
Sí me despedí y saludé con un poco de entusiasmo, pero no sentí aquella emoción inexplicable que sentía cuando iba a consumirle antes. ¿Acaso eso significa que ya no me gusta y que el chico resultó ser otra ilusión de esas a las que poco a poco me voy acostumbrando?
No quería que fuese de esa manera, pues estoy harto de sentirme enamorado de cualquier persona con el más mínimo movimiento o con la selección de palabras más simples. Eso no es amor, eso es necesidad. Estoy necesitado por vivir algo parecido al amor y por eso mi mente cree que cualquier chico que muestra amabilidad ya es un novio en potencia.
En parte estoy agradecido de que la línea telefónica de mi casa esté estropeada porque eso me mantiene cuerdo en momentos de desesperación. De haber internet estaría cargando y recargando la página de las notificaciones en espera de una respuesta que no llegaría pronto. Ya no la espero y puedo decir que no le doy más importancia, pero sé que, en el remoto caso de que me aceptara y el internet llegara milagrosamente, estaré ahí con las ilusiones y con una imaginación que sólo me sirve para arruinarme la vida, aunque sinceramente eso sea lo que me impide de la monotonía y del aburrimiento.
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